Historias de Chamanes

Historias de Chamanes, de Santiago Andrade León. Puedes comprar el libro aquí.

Historias de Chamanes es un compendio de narraciones cortas en las que el autor relata sus experiencias con las tradiciones originarias de América. Sincera, humorística, profunda y filosófica, la obra presenta, desde una perspectiva actual y una lógica para la sociedad contemporánea, conocimientos y entendimientos ancestrales de los pueblos Amerindios, y de una tradición que recoge y sincretiza saberes de los pueblos nativos del norte, el centro y el sur de América. La obra es una puerta hacia la compresión de otra forma de vida, otra forma de sentir y pensar el mundo.
Portada de Historias de Chamanes

Ya estás sano

Temerosos por la vida de nuestro hermano, decidimos ir en búsqueda de un anciano que, según sabíamos, tenía la medicina que necesitábamos. Nos habían contado que vivía en las alturas de un cerro sagrado para los indios quichuas del alto Cotacachi, cerca de una Laguna Sagrada, en el Ecuador.

La luna completamente llena sobre nuestras cabezas, hacía que todo brillara como plata. Al llegar a su choza, nos recibieron los aullidos de los perros y una espesa neblina que apareció de pronto. El anciano, incalculable en su edad, se mostró amable pero serio. Nos preguntó qué fue lo que nos motivó para llegar hasta él.

Le expliqué que buscábamos su medicina y su manera de curar, pues nuestro hermano lo precisaba. Le entregamos tabaco como ofrenda para su altar y aceptó.

El anciano se sentó y comenzó a cantar y a fumar, rezando por la limpieza y la sanación del cuerpo y el alma del enfermo. Un momento después detuvo su canto, y dando grandes bocanadas de humo, habló:

-El otro día vino un hombre muy enfermo. Nos contó que era su último intento de ponerse bien, porque los médicos le habían desahuciado. Él quería estar sano y dijo que yo era su último recurso. Yo le miré y le acepté tabaco. Toda la noche rezamos, tomamos medicina, le soplamos en todo el cuerpo el humo de este tabaco, y también aguardiente para levantar su sombra-.

-Luego le chupamos en la frente. Negro vomitamos. Limpia quedó la cabecita. Al otro día le cantamos y le rezamos, le chupamos en el pecho. Negro volvimos a vomitar, negro estaba su corazón. Limpiecito le dejamos todo el pecho. Al tercer día le cantamos, rezamos y le chupamos la barriga. Negro volvimos a vomitar y su vida quedó limpiecita-.

-Al terminar todo le dije: “Ya estás sano”-.
El abuelo hizo una pausa y continuó:

-Y sanito, sanito, al otro día se murió.

Mucha medicina

Conocimos por ese entonces a un Hombre Medicina de la selva del Amazonas. Era un hombre joven, con mucho conocimiento, cuyo pueblo milenariamente ha tomado la sagrada medicina de la Ayahuasca.

Compartimos con él en algunas ocasiones esta medicina y su poder en la mitad de la exuberante selva. Al salir de su casa, le invitamos a las montañas de los Andes a conocer a nuestra familia y al anciano que teníamos como nuestra fuente de aprendizaje. El día de su visita llegó, y nos encaminamos montaña arriba para ver a nuestro anciano. Llegamos al anochecer y disfrutamos el ser testigos de ese encuentro, en donde se cantó y se fumó tabaco.

Al cerrar la ceremonia, el joven obsequió al viejo una gran botella de dos litros de su medicina. Regularmente esa cantidad alcanza para compartir con unas cien personas o más, pues la dosis que se brinda es pequeña.

Dos semanas después volvimos a visitar a nuestro anciano. Nos recibió su mujer con este reclamo:

-No vuelvan a traer nunca más de esa medicina. Luego de que ustedes se fueron, mi marido se quedó sentado, y sin levantarse se bebió toda la botella. Ha pasado más de una semana hablando con espíritus, medio borracho, caminando por las montañas y sin trabajar-.

Nuestro susto fue evidente, pues esa cantidad de medicina en el cuerpo de cualquier persona podría ser peligrosa, hasta mortal. Al entrar a su choza ritual, le encontramos sentadito como siempre, cantando a sus piedras y fumando.

-¿Cómo está Taita? –le dijimos con preocupación.
-Muy bien-, nos contestó, y agregó –La próxima vez traerán más de ese remedio. Visité todo lo que me hacía falta conocer en las estrellas, pude observar hasta mi propia muerte.

Atónito por su respuesta y casi al borde de la risa por lo anecdótico de la situación, le dije:

-Pero, Taita, usted se tomó mucha medicina, demasiada…
– ¿Comparado con qué?, ¿con tus límites?-, me interrumpió.

¿Cómo se dice estrella?

Una tarde llegaron algunos estudiosos del chamanismo y amantes de la forma de vida de los indígenas a visitar a un anciano de tradición en su casa. El Taita, muy respetuoso de sus visitantes, les recibió con chicha de maíz y se sentó a compartir un poco de su vida.

Era un Yachac respetado dentro de su comunidad porque conservaba el rito que le permitía conocer el nombre de una persona. Él guardaba y tenía el don de hablar con los espíritus y reconocer, en el fuego, cómo el universo vibraba dentro de cada ser. Así, su gente le visitaba para que pusiera nombre a los niños.

Uno de estos estudiosos, después de escuchar sobre lo sagrado del nombre de cada uno, sobre el hecho de que es un camino que se le da a alguien para que logre su destino, se atrevió a preguntar.

-¿Cómo se dice estrella en su idioma nativo?-
El anciano le miró con paciencia y le preguntó:
-¿Para qué lo quiere saber?-

-Es que conozco a una mujer que está por dar a luz y quiere poner le a su hija un nombre nativo que tenga sentido-, respondió.

El anciano se quedó callado y respiró muy profundamente ante esta falta de atención. Por minutos se pudo oler el silencio, mientras una pequeña fogata, encendida en el centro de la choza, crepitaba como si hablara.

Luego levantó su mirada y se concentró sin pestañear en la llama azulada. Hizo un gesto de aprobación, como si hubiera escuchado una revelación.

-El fuego habla con voz de luz-, dijo.
Se mantuvo un rato más en silencio. Los segundos pasaban aleteando lentamente entre nosotros.

En el completo misterio, exclamó:
-Estrella en idioma nativo se dice: ¡Lucero!-
La carcajada fue general.
-Pero, eso es español-, dijo el hombre.

El abuelo, mirándolo con cierto dejo de ternura y con una sutil sonrisa, agregó:
-El español es idioma nativo de algún lado ¿cierto?-.

La planta inexistente

Varios de nuestros amigos son médicos alternativos que por diversos caminos se han acercado a conocer el trabajo de los curanderos indígenas. Algunos de ellos nos pidieron que les llevásemos a la casa de un hombre de medicina conocedor de plantas de montaña, que curaba soplando fuego a sus pacientes.

Después de unos días, mi padre encontró al anciano y le consultó sobre la posibilidad de hacer esta visita. Él aceptó, pero nos puso varias condiciones: llegar al anochecer, en luna llena y traer siete plantas para la curación. Entre estas plantas nos pidió la juyunguilla, una planta muy popular y de fácil acceso en mercados, que tradicionalmente se usa para curar la tristeza causada por el desencanto amoroso.

Llamamos a nuestros amigos y les advertimos que el Taita era muy estricto con su palabra y condiciones, que ya lo habíamos visto negarse a atender personas que no llevaban lo requerido.

Días cercanos a la visita, nos hicieron saber que no encontraban en ningún lado la juyunguilla. Mi padre entonces se comprometió a obtenerla. Habló conmigo y con otro de mis hermanos y nos pidió conseguirla en los mercados. La buscamos por días y parecía una broma, nadie tenía esa planta.

El día de la partida, el grupo llegó a nuestra casa, listo para el viaje. Al avisarles de nuestro fracaso se molestaron y decidieron no ir a ver al abuelo. Mi padre les convenció de que antes de llegar la podríamos recoger directamente en la montaña, pues es muy común que crezca naturalmente en las laderas. Yo vi una pizca de malicia en su mirada, sabía que cualquier pretexto es a veces la mejor justificación para no hacer lo que nos prometimos, para no cumplir con nuestro destino.

Ya en el auto, mi padre seguía calmando al grupo, con la convicción de que encontraríamos esa planta antes de llegar a la choza de nuestro anciano.

Yo miraba con inquietud y sospecha todo esto. La situación empeoró cuando, al acercarnos a la montaña, se desató la lluvia más fuerte de los últimos meses. No se podía ver ni siquiera el camino y era imposible bajarse del auto, menos encontrar la planta.

El grupo entró en franca ira. No podían creer que estuvieran involucrados en tan ridícula situación. Al filo de la ladera, ya en la montaña, el auto no podía más por el barro y resbaló peligrosamente hasta empantanarse.

Nos encontramos atrapados en medio de la lluvia sin poder avanzar ni regresar. Mi padre, muy serio, tranquilizaba a tan respetado grupo de médicos, pero yo sabía que dentro de sí reía.
Por un momento paró de llover y decidimos seguir a pie hasta la casa del anciano.

-Seguro que hasta llegar, encontramos la planta en la vera del camino-, dijo mi padre y me regresó a ver guiñándome un ojo. Yo afirmé, con mucha seguridad, que eso era verdad.

Nos adelantamos un poco haciendo la pantomima de buscar la inexistente planta y comenzamos a reír. Como era de esperarse, llegamos a la casa del anciano sin la famosa juyunguilla.

El anciano nos escuchó llegar y salió a nuestro encuentro. Al vernos nos preguntó:
-¿Trajeron todo?-.
Una de las mujeres que estaba en el grupo salió al paso con la respuesta.

-No Taita, nosotros sí cumplimos, pero ellos no pudieron conseguir la juyunguilla-, mientras lo decía, nos señalaba con el dedo índice. Tenía una clara intención de justificarse y de responsabilizarnos totalmente por tamaña falta.

-No importa-, dijo el anciano. –Yo ya sabía-

El grupo se miró entre sí con la boca abierta; no podían creer que el anciano trajera en sus manos la planta que nos hacía falta.

-El destino siempre encuentra camino-, dijo mientras nos invitaba a sentarnos.

La botica

Ella era una mujer de unos treinta años. Desde muy joven había sufrido de una alteración hormonal que le hacía producir leche todo el tiempo. La conocí porque buscaba medicina para su mal, y luego de trabajar con ella durante casi un año, me di por vencido. Yo consideraba que necesitaba cambiar primero su manera de pensar, pero ella no quería hacerlo. Al verme limitado en poder ayudarla, pues no salía de su autocompasión, decidí llevarla a la casa de nuestro anciano.

Estaba oscuro cuando llegamos, y le encontramos ya trabajando con otras personas. Al vernos nos integró al grupo y pidió a esta mujer que se frotara una vela blanca por todo el cuerpo, sin preguntarle qué mal le aquejaba. Luego continuó cantando y fumando. Casi a la media noche, pidió a todos que se pusieran de pie y que se parasen frente al fuego. Entonces les frotó con hierbas, les rezó con tabaco y pasó por sus cuerpos piedras negras. Uno a uno les cantó y, lanzando llamaradas de fuego a sus cuerpos, alivianó sus cargas. Agradeciendo por la curación, las otras personas se despidieron del Taita y salieron. Él se quedó en silencio, tal vez esperando lo mismo de nosotros. La mujer me miró diciéndome que lo que quería era hablar con el anciano para contarle su mal. Entonces le pedí que la escuchara un momento.

-Ya está todo curado-, le dijo el abuelo con dureza antes de que ella hablara.
-Lo que pasa Taita-, replicó la mujer con testarudez y ansiedad, -es que yo tengo un desorden hormonal. Mi prolactina permanece alta y yo produzco leche sin tener hijos-

El anciano le escuchó y sentándose nuevamente en su banquito, miró el fuego. Pasó unos minutos sin pronunciar palabra. Con una botellita de hierbas medicinales maceradas en alcohol, comenzó a cantar. Levantó la cabeza y asintió mirando el humo que se expandía por su pequeña choza.

-El fuego ha hablado-, dijo, y continuó.
-Vaya a la botica y pregúntele al doctor cuál es su remedio.

Con seriedad se levantó y comenzó a recoger los objetos sagrados que estaban en su altar. La mujer, sin entender, sintiéndose burlada quizá, se puso de pie nerviosa e indignada. Atropelladamente y casi al borde del llanto le habló:
-Taita, usted no entiende la gravedad de mi situación.
El abuelo respiró profundo y sentenció:
-Usted es la que no entiende nada. Si no se quiere curar, si no quiere creerme, ¿por qué insiste en preguntarme?-

Tabaco Marihuana

A la casa del Taita llegó un hombre de cuarenta años. Venía de sufrir un dolor muy grande, pues su matrimonio se había destruido. Una de las causas por las que su mujer decidió dejarlo era su adicción a la marihuana, acompañada de su eterna inmadurez. Mientras esperábamos que el abuelo regresara de sus jornadas en la siembra, este hombre supo contarnos casi toda su vida, prendiendo cigarrillos de marihuana, uno tras otro.

La gente de la casa del Taita, indígenas de montaña y casi aislados de la ciudad, miraban con mucha curiosidad, pues no conocían esa planta que el hombre fumaba y que tanta mala fama tenía.

Al terminar la tarde, el abuelo llegó y se dispuso casi de inmediato a trabajar. Preparó su altar y sus hierbas curativas.
Preguntó al hombre si había traído tabaco y éste sacó apenas dos cigarros.

-Es muy poco para todo lo que necesito-, dijo el anciano.
-No hay problema-, dijo el hombre. –Yo tengo cigarrillos si hace falta.
Así que la ceremonia comenzó y el abuelo preparó sus plantas e inició el canto. Luego de algunas horas le pidió a otra persona, que también estaba allí para recibir la curación, que se levantara y se parase frente al fuego. Buscó los tabacos que tenía en el altar pero no los vio, así que pidió a este hombre que le convidara uno de los suyos.

Él, apurado, sacó de su chaqueta un cigarrillo y, encendido, lo pasó al abuelo. Había un cierto brillo pícaro en su mirada, pues lo que le convidó fue un cigarrillo de marihuana.

El abuelo agradeció el cigarrillo y lo fumó una vez. Se quedó en silencio y volvió a dar otra calada.

Miró al hombre que sonreía y le dijo:
-Tabaco marihuana has traído. Pero esto es poquito para lo que saben traer otros enfermos-, decía mientras le daba profundas y grandes caladas al cigarrillo. El anciano metió su mano en uno de sus bolsillos, sacó un paquete de cigarrillos de tabaco negro sin filtro y encendió uno. Y así comenzó, alternadamente y sin parar, a dar una calada a cada uno, mientras decía:

-Éste no vale para curar-, mientras calaba la marihuana,-éste, en cambio, es muy bueno para curar-, dando otra al tabaco.

–Éste no vale, éste sí vale, éste no vale, éste sí vale, éste no vale, éste está bueno, éste tontería, éste bueno-, así hasta que se acabó los dos cigarrillos. Los que presenciamos este acto, casi de heroísmo, sonreíamos al ver tan graciosa imagen. El anciano entonces, con el histrionismo que muchas veces le caracteriza, le dijo:

-¿Te crees muy guapo?, ¿piensas que porque somos indios no conocemos el tabaco marihuana? El otro día vino un extranjero y bastante de esto fumamos con el pobre hombre que estaba sentenciado por el espíritu de esta planta. Como la usaba sin respeto, la planta se enojó. Así que me tocó hablar con su espíritu y pedir le que no le matara. Bravísimo es este espíritu cuando no le respetan y a vos te tiene atrapado. Haciendo las paces estoy con él, para que no te mate y poniendo un rezo para que salgas de tu enfermedad-

Se dirigió hasta nosotros y nos pidió que recogiéramos ortiga fresca del huerto, de la más fuerte. El abuelo procedió a darle una bendición por todo el cuerpo con esta planta, mientras reía de una manera que nos contagió a todos. El único que no reía era este hombre.

Al terminar la curación comenzó a vomitar y no paró hasta el amanecer. Al día siguiente parecía otro hombre.

El abuelo se despidió de él.
-Hay que aprender a reírse de uno mismo, no sólo de los demás-, le dijo, mientras le convidaba un cigarrillo, este sí, de tabaco.

En el viaje de regreso el hombre nos manifestó que nunca regresaría a curarse con el abuelo.

-¿Pero, por qué?-, le pegunté curioso.
-Porque se me fuma toda la marihuana-, dijo riéndose.

Preocupaciones

Dos señoras de ciudad, que vestían de traje y parecían estar siempre bien peinadas, llegaron a la casa de un anciano en medio del campo. Al ingresar a la choza donde curaba, no se quisieron sentar en las humildes bancas dispuestas alrededor del fuego. De pie y manifestando su molestia por el humo, se dirigieron al Taita. La primera le dijo:

-Venimos de lejos a conocerle, porque necesitamos que nos ayude. Estamos muy preocupadas por lo que nos está pasando.

El hombre les miró y les dijo:
-¿Para qué se preocupan?

Las señoras se quedaron calladas ante la pregunta. La otra señora se atrevió a contestar.
-Porque lo nuestro es verdaderamente preocupante.
-No pregunté por qué, pregunté para qué-, les reprendió.
-No entiendo-, dijo la primera.
-Eso mismo veo, no entiendes-, dijo el anciano.
-¿Te sirve para algo preocuparte?-, le volvió a preguntar.
-No, creo que no-, contestó.
-Entonces, ¿para qué te preocupas?-
Se quedaron en silencio. La segunda señora arremetió.
-Pero ni siquiera sabe lo que nos pasa-

El anciano respondió.
-¿Tiene solución tu problema?-
Ella se quedó pensando un momento y dijo.
-Sí, creo que sí-
-Entonces para qué te preocupas, si tiene solución, mejor ocúpate-

-Pero lo mío es más difícil, lo mío sí que no tiene solución-, dijo la otra con tono desesperado.

-Mejor todavía-, le contestó.- Si no tiene solución, entonces ¿para qué te preocupas?-

Mama Isabel y los doctores

Un anciano de medicina tenía la cualidad de ser médium para un antiguo espíritu curandero. A la mitad de la sesión se levantaba, salía de su espacio de curación y, desde afuera, hablaba con voz de mujer.

Este espíritu se hacía llamar Mama Isabel y era quien diagnosticaba y curaba a la gente que visitaba al anciano.

Mi padre, al conocer al anciano, decidió invitar a sus colegas médicos a visitar lo. Por supuesto, nunca les advirtió de esta cualidad sui géneris del Taita.

La noche que salimos con ellos llovía muy fuerte y fue muy difícil llegar hasta la casa del abuelo. Como no tenía teléfono, nos fue imposible avisar le que íbamos a visitarlo. Con temor de no encontrarlo, nos encaminamos, y por el mal tiempo llegamos tarde.

Al entrar en el patio de su casa, como si de magia se tratara, la lluvia paró haciendo un círculo alrededor nuestro, el cielo se abrió de tal manera que podíamos ver las estrellas y la lluvia cayendo en la distancia.

El anciano salió y nos dijo.
-Se tardaron, les estoy esperando hace mucho-

Todos nos quedamos en silencio; él no tenía manera de saber que íbamos a llegar, y menos con un grupo.

El abuelo nos invitó a pasar a su sitio ceremonial, sentándonos en el suelo. Encendió un fuego y nos pidió tabaco. Nadie se atrevía a hablar, en parte porque sus primeras palabras intimidaron al grupo, y en parte porque los médicos invitados eran personas de academia con mucho recelo.

El anciano no preguntó nada y comenzó a cantar y a repartir su medicina, una botella de aguardiente con muchas plantas medicinales en su interior.

Llegada la media noche, se levantó y salió. Mi padre se sintió preocupado porque lo que venía podría ser interpretado como una tomadura de pelo o una farsa. El anciano comenzó a hablar, en falsete, con voz de mujer.

-¡Buenas noches, a todas las personas!-, gritó.

La cara de los médicos dubitaba entre la incredulidad y la risa. Por supuesto ninguno contestó.

¡Buenas noches, a todas las personas!-, volvió a decir Mama Isabel.

¡Buenas noches Mama!-, contestamos solamente los dos.

¡Buenas noches hijitos!-, dijo.

-Y los demás, ¿no son personas?- preguntó.
Antes de que alguien contestara, continuó.

-Me han venido a visitar sólo brujitos. Dicen que curan, pero la verdad es que están bien enfermos, y un enfermo no puede ayudar a recuperar la salud. No entienden nada, no creen nada, no saben nada. Todavía piensan que ellos son los que curan, los que ayudan, no se dan cuenta de que quien se cura es el enfermo. Estudian la vida en la gente muerta y piensan que todos somos así, muertos como ellos mismos. Sólo leen libros, pero no saben leer el aire, ni el fuego, ni el agua, ni la tierra. Pobrecitos, sólo información cargan, nada de sabiduría. No son ni personas. Pero ahora les vamos a limpiar la tontera de la cabeza-.

El ambiente se tornó denso. Los médicos, disgustados profundamente por lo que Mama Isabel dijo, nos miraban con cara de ofendidos. Mi padre comenzó a ponerse triste, porque su expectativa de que estos hombres pudieran abrir su cabeza, mirar este trabajo excepcional y a este hombre maravilloso se deshacía.

Mama Isabel decidió no hablar más y el anciano entró a la habitación. Los médicos, incómodos por la situación, se levantaron y se fueron. El anciano se quedó mirándolos y cuando nos quedamos solos, dijo:

-A sus amigos no les han enseñado a saludar ni a despedirse-, sonrió, luego continuó, mirando con ternura el desazón de mi padre.

-¿Por qué te preocupas?-, le dijo. -Nosotros hicimos todo, todo siempre hacemos, de nuestra parte nunca queda nada por hacer, todo ponemos. Si ellos no lo pueden ver, ni aprovechan lo que hacemos, ¿por qué lamentarse? Cuando me muera, ahí sí puedes ponerte triste, porque ahí sí, aunque quisiéramos, ya no vamos a poder compartir. Nosotros sólo cuidamos lo que nos corresponde, que los demás se hagan responsables de su parte-

¿Usted lo vivió?

Llegó al país una señora que era seguidora de un famoso gurú en la India, con la misión de encontrar a un anciano de sabiduría que fuera tan o más sabio que su gurú. Llegó a constatar, con sus propios ojos, si en América había en realidad ancianos con poder. Al enterarse de nuestro trabajo, nos contactó por teléfono y nos pidió que la lleváramos a conocer a algún anciano. Organizamos un viaje a la casa de uno de ellos, el más serio de todos.

Al llegar, el abuelo estaba armando su altar con claveles rojos. Sobre un corazón hecho con los pétalos de aquella flor, ponía una a una las piedras que usaba para curar. Lo hacía con tanta paciencia y dedicación que no levantó la mirada cuando llegamos. Parados en la puerta pedimos permiso para entrar y el anciano apenas nos gruñó una inentendible aprobación.

Pasamos muy cautos delante de él, sentándonos a su lado. El abuelo seguía concentrado, sacando una a una las piedras de su bolso, limpiándolas antes de ponerlas encima del corazón de pétalos de clavel. La señora nos preguntó si podía acercarse al anciano a decirle algo antes de que comenzara la ceremonia. Le contestamos que sí. Entonces, sacó de su bolsa unas pequeñas fundas hindúes que olían muy bien, y se sentó muy cerca del abuelo.

-Maestro-, le dijo. –Yo he venido de muy, muy lejos a traer le los saludos de un hombre iluminado y a presentarle mis respetos con estos inciensos que vienen de la India. Son especies muy finas y espíritus altos, los más altos que tiene este planeta. Cuando los ponga sobre el fuego se va a dar cuenta de todo su poder y sabiduría-

El anciano no respondió y siguió acomodando sus piedras con parquedad. Parecía incluso que estaba molesto. La señora, incómoda por no saber qué hacer en esta situación, le preguntó dónde poner los obsequios.

El Taita levantó la cabeza, recibió las bolsitas y sin dar las gracias, las lanzó a una mesita que había tras él. Ella regresó a su puesto, al lado de nosotros; se leía en su rostro mucha frustración. Luego de un momento de estar así, nos dijo:

-¡Ya entendí! Hay un cuento que resume todo esto que me está pasando. Había una vez un monje que regentaba un famoso Lamasterio. Todas las mañanas se iba a meditar a la orilla de un río y se levantaba de su meditación cuando la tarde comenzaba. Un día, uno de sus más jóvenes alumnos fue a su encuentro. Este joven había hecho dos preciosas esferas de jade con la intención de obsequiarlas. Al ver a su maestro meditando, decidió que tenía un buen motivo para sacarlo de su meditación. “Maestro”, le dijo, “disculpa que te interrumpa, pero es importante para mí que me puedas atender y recibir estas dos esferas de jade que te he preparado con todo mi amor, para demostrarte mi fidelidad”. El monje abrió los ojos y recibió las esferas. Las puso en su regazo sin prestarle importancia. Al instante, cerró los ojos y continuó con su meditación. Pero una de las esferas rodó y fue a dar al río. El joven, al ver lo ocurrido, se lanzó al río a tratar de recuperarla. Luego de una infructuosa búsqueda, decidió despertar nuevamente al monje. “Maestro”, volvió a interrumpir. “Disculpa que te vuelva a preguntar, pero tú en tu inmensa sabiduría y en tu don de ver más allá que nosotros, me podrías indicar el sitio exacto donde cayó la esfera que te regalé”. El monje abrió los ojos, agarró la otra esfera, la lanzó al río y le dijo: “Ahí”-

Todos sonreímos con la anécdota. El anciano entonces, por primera vez en todo ese tiempo, levantó la cabeza y preguntó:
-¿A usted le pasó eso?-
-No-, contestó la mujer.-Son las enseñanzas que he leído con mi gurú-
-Ah, entonces no sirve de nada lo que dice. Lo que se lee nunca sirve. Sólo lo que se vive sirve. Sus palabras son la sabiduría de otro. Con razón todavía no aprende-, y zanjando de esta manera la conversación, siguió organizando las piedras de su altar.

Al rato comenzó a cantar y a soplar aguardiente y tabaco.
Le pidió a la señora que se sacara la ropa, y con un manojo de ortiga azotó todo su cuerpo y le sopló humo de tabaco. Cuando acabó la ceremonia, el abuelo la miró y le dijo:

-Ahora sí hay sabiduría en el cuentito, ya le pasó a usted. Cuéntelo, y acuérdese de esta noche.

La serpiente mimetizada

La ceremonia había comenzado y habíamos tomado la sagrada medicina de la Ayahuasca. El hombre que la dirigía era un Uwishin -Hombre Sagrado del pueblo Shuar- quien cantaba invocando a todos los espíritus, pidiéndoles ayuda para que limpiaran nuestra mente y nuestro cuerpo. La noche avanzaba y el Uwishin cantaba ahora al espíritu de la Anaconda para que nos trajera sabiduría en la visión. De pronto, la persona que cuidaba el fuego central del altar se levantó con cara de miedo y se dirigió hacia el Uwishin.

-Estoy viendo a la Anaconda-, le dijo.
-Está bien, agradece tener esa posibilidad-, le respondió.
-Pero es verdad, ¡la estoy viendo!-, insistía.
-Qué bueno, agarra todo el conocimiento que ella te viene a entregar-, le contestó. -Y ponte bien, que estás trabajando y necesitamos de tu equilibrio ahora-
El hombre regresó temeroso, pero un poco más calmado, y se sentó. Su expresión de miedo fue cambiando notablemente y de repente se volvió a levantar.

Con decisión fue hacia un tubo que recogía las aguas lluvia del techo de la casa y gritó.

-¡Tengo a la Anaconda!-, arrancando parte del techo.

Todos reímos mucho. El hombre, avergonzado, pidió disculpas al dueño de la casa y regresó a su sitio. Agachó la cabeza sin querer mirar a nadie y, sintiéndose un imbécil, se quedó profundamente sumido en sus pensamientos.

El Uwishin se levantó, fue a su puesto y le dijo:
-No te preocupes, así se esconden los espíritus-, le sonrió con serenidad y continuó, bajando la voz.

-Yo también le vi. Pero no la agarraría jamás, yo sí le tengo miedo.

Shuaras

Los Shuar de la selva amazónica ecuatoriana son quizá el pueblo de guerreros más famoso, no sólo por guardar la relación sagrada con la medicina de la Ayahuasca, que llaman Natem, sino y sobre todo porque en tiempos pasados reducían las cabezas de sus enemigos caídos en combate.

Uno de ellos, un Uwishin, fue invitado a un encuentro mundial de Tradiciones Espirituales organizado por el Budismo Tibetano. Mi padre recibió también la invitación y juntos viajaron hasta Francia para reunirse con cientos de hombres de medicina y tradición de diferentes partes del mundo. El guerrero causaba gran expectativa porque le anunciaban como el representante de un pueblo que nunca pudieron dominar los españoles.
Sólo hasta la llegada de las petroleras en los años 60 el pueblo Shuar realmente entró en relación con occidente.

En el encuentro los hombres de sabiduría hablaban de su tradición, de su medicina y de sus ceremonias a un amplio público. Luego se abría un espacio para que los participantes de la convención pudieran vivir una ceremonia real.

La Ayahuasca causaba una gran curiosidad dentro de los participantes, por todo lo que se ha escrito sobre ella. Había en espera de esta conferencia muchísima gente. Incluso el mismo Dalai Lama estaba entre el público.

El día de su intervención llegó, pero antes de él, la agenda disponía la intervención de un miembro de un pueblo indígena de Norteamérica. Este guerrero exponía la necesidad de cuidar el rito originario de los pueblos nativos. Cuidarlos sobre todo de la corrupción que tiene el hombre blanco con todo el conocimiento que adquiere.

Llegó a pedir que se descalificara a los blancos que oficiaban ritos indígenas.

Nuestro Uwishin escuchaba con atención la acalorada exposición de su hermano del norte. El momento de hablar le llegó al fin y con una lanza en la mano frente a ese inmenso público, dijo:

-La medicina del Natem o Ayahuasca, es una medicina del pueblo Shuar y solamente los shuaras puedes asistir a esta ceremonia, tomar este sacramento y recibir sus enseñanzas-

El público presente hizo mutis. Sus palabras, traducidas a cinco idiomas simultáneamente, en un evento por demás ecuménico, sonaban muy fuertes y molestaron a muchos en la sala. Entonces continuó:

-La palabra Shuar significa gente, y como aquí sólo veo gente, con la autoridad natural que me concede mi pueblo, les declaro a todos ustedes miembros de la nación Shuar. De esta manera espero que como buenos shuaras vengan a recibir las bendiciones de esta medicina-

La ovación fue larga y al bajar del estrado le comentó a mi padre.
-Así nunca nos extinguiremos.

-Ni ellos tampoco-, respondió mi padre.

Territorio Shuar

Europa abrió las puertas a nuestros hermanos Uwishines. Muchos de sus hombres de sabiduría comenzaron a viajar, y en la comunidad Shuar hubo preocupación por los cambios resultantes de esa relación.
De pronto los jóvenes sólo querían salir de viaje a Europa, y muchos de los amigos europeos que iban haciendo en el camino querían ir a vivir en la selva y ser parte de esta nación. Pero las cosas no eran tan simples, pues un impacto negativo comenzó a sentirse y los ancianos se preocuparon.

Así que se reunieron y fueron a visitar a un Uwishin que estaba invitado a viajar a España el siguiente mes. Hablaron con él, le pidieron que tomara medicina antes de ir y que les ayudara a solucionar este problema. Se necesitaba parar lo negativo de esta relación y dar una palabra de sabiduría a los europeos y a los shuaras para que la convivencia fuera beneficiosa.

Este hombre miró la preocupación de sus ancianos y cumplió con su parte.

Al subirse en el avión con dirección a España, sabía que tenía que hacer algo muy importante para que esto se solucionara de una vez por todas. El viaje fue largo pero tranquilo; al llegar al aeropuerto de Barajas en Madrid, corrió a retirar su maleta. Antes de salir por los filtros de migración, buscó adentro una gran lanza de chonta que traía.

Fuera de los filtros migratorios había un gran comité que esperaba su llegada. Al verlo le saludaron con entusiasmo. El hombre shuar los miró y caminó con firmeza levantando la lanza. Cuando estuvo delante de éste comité europeo de recepción, se hincó, clavó la lanza en el piso del aeropuerto y gritó:

-¡Reclamo esta tierra para la nación Shuar, su Reina la Ayahuasca y su majestad la Selva Amazónica!

Ninguno de ellos, en su mayoría españoles, supo cómo actuar frente a la situación. Al incorporarse, les dio la mano y les dijo.

-Gracias por venirme a recibir, solamente quiero que sepan que estoy aquí devolviéndoles la visita, de la misma manera que ustedes nos visitaron hace 500 años.

¿Eres cristiano o no?

Por la espesura de la selva avanzaba el grupo de muchachos que pretendía alcanzar la bendición de la Cascada Sagrada. Ésta es una antigua ceremonia para las personas que van a ser iniciadas en los misterios de la Ayahuasca. En el rito, Arutam, el Creador, baja por la cascada y descarga la fuerza, la memoria y el conocimiento sobre las cabezas de quienes se atreven a realizarla.

Una pequeña familia interrumpió el paso de la caravana. Esta familia, que a la cabeza tenía a un hombre de cuarenta años, se había convertido al evangelismo y ahora predicaba dentro de la comunidad en el profundo Amazonas.

Los ancianos, que iban cantando delante del grupo, detuvieron su caminar al ver la beligerante actitud de esta familia.
-No sigan-, dijo el padre de la familia a todos.

–Esto es pecado. Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado que la adoración al demonio y a todas sus salvajes creencias es la condena al infierno. Reciban al Señor Jesucristo en su corazón y arrepiéntanse de sus pecados-

Los ancianos, enfurecidos, prepararon sus lanzas para hacer a un lado al impertinente. El más viejo de ellos, que había quedado rezagado pero que alcanzó a oírlo todo, se adelantó y calmó los ánimos. Luego se dirigió hasta el hombre y le dijo:

-Tonto, ¿qué haces?, ¿quieres que matemos a toda tu familia? ¿Por qué te olvidas de quién eres y de dónde vienes? Si vas a detenernos tienes que tener la fuerza de la verdad para que la aceptemos. Tú no sabes qué es ser cristiano-

El hombre, envalentonado por la momentánea importancia que le dieron los ancianos, vociferó.

-Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado la prudencia y el amor por todos aquellos que están ciegos a su luz. Nos ha enseñado a poner la otra mejilla y a ser valientes para ser buenos soldados de Cristo. Yo soy un buen cristiano, ¿quién eres tú para decirme que no lo soy?-

El anciano lo miró con mucha dureza y le increpó.
-¿Y crees en el pecado?-
-Sí-, respondió el hombre.
-Entonces no eres cristiano-
El anciano espero un momento y continuó.
-Tu Señor murió para redimir el pecado del mundo, ¿cierto?, ¡pues entonces créelo! Yo sí le creo. ¡Ya no hay pecado en el mundo!-

El anciano empujó al perturbador y siguió caminando para que el rito continuara. La caravana llegó hasta la Cascada Sagrada. El misterio bajó por el agua y bendijo, una vez más, a este milenario pueblo.

La palabra de Dios

La noche pasaba en medio de los cantos de invocación y de rezos que esta familia de Norteamérica tradicionalmente hacía para agradecer por la continuidad de la vida. Al llegar al momento más importante de la ceremonia, un grupo de cristianos que había asistido para saber más sobre esta manera de oración, se levantó y pidió la palabra. El Phejúta Wichasha, Hombre de Medicina, les alcanzó un tabaco para que pudieran hablar con él.

-Nosotros vemos con buenos ojos todo lo que ustedes hacen-, dijo uno de ellos. -Pero lo que hemos venido a decir, es que ustedes deben rectificar sus pasos y aceptar a Cristo en sus corazones para que sean salvos y sus almas no vayan a las eternas llamas del infierno. Les queremos obsequiar esta Biblia para que pueda ser leída en este momento principal de su rito. Sus vidas se enriquecerán con la palabra de Dios y ya no tendrán necesidad de hablar con los animales y las montañas, sino escuchar directamente a Dios-

Los miembros de la familia se indignaron. Uno de los más jóvenes vociferaba que deberían salir si no iban a respetar su tradición. Otro les gritaba mentirosos. Y la mayoría estaba molesta por la petulancia de quien habló. El Hombre de Medicina, con mucha tranquilidad, recibió el libro. Con la Biblia en una mano y el tabaco en la otra, habló:

-Para nosotros, este Tabaco y lo que se dice a través de él, es la palabra del Gran Espíritu. La voz de nuestros animales, plantas y montañas, es la voz del Gran Espíritu. Y también podemos aceptar que la voz del Misterio se manifieste de manera que no entendemos-, levantó la Biblia, miró a todos como pidiendo paciencia, y continuó:

-Agradecemos su regalo y como sabemos que es un objeto muy sagrado para ustedes, lo vamos a colocar en el lugar más sagrado de este altar, en el sitio principal de nuestra tradición, en el mismo corazón de toda mi familia-

Entonces, con mucha paciencia, envolvió la Biblia en una tela roja. Cogió un buen puñado de inciensos y puso todo en el centro de la hoguera, donde crepitaba el Fuego Sagrado que custodiaba su familia desde hace miles de años.

Curación especial

Muchas de las ceremonias de Peyote en Norteamérica concluyen con un rezo por la Tierra. Ante el altar principal presentan agua y alimentos, entre ellos muchas veces la carne, para ser compartidos con todos.

En esta ocasión el Gran Jefe, Hombre del Camino Rojo, había pedido preparar los alimentos como tradicionalmente se acostumbra en ceremonias especiales: agua de vertiente, carne de búfalo, maíz y frutas.

Una de las participantes había escuchado este detalle y se acercó a hablar con el Hombre del Camino.
-Yo le quiero pedir dos favores-, dijo.
-El primero, quiero que sepa que yo sufro de una enfermedad muy grave y que por mi condición estoy buscando una curación especial. Lo segundo es que, como parte de mi tratamiento, mi doctor me prohibió la carne roja, así que le rogaría no me convide a esa carne que prepararon porque no la voy a comer-

El hombre aceptó lo que pedía. Hizo una pausa y le dijo:
-Tienes que prepararte porque en el momento que amanezca te vamos a realizar la curación especial que me pides-
-También te quiero contar-, continuó. -Que la carne que mandamos a preparar es medicina, que no te hará daño, pero si tu cabeza está confundida y no tiene la fuerza de creernos, por mí está bien. Te das una bendición con ella y la pasas a quien esté a tu lado-

Al entrar la noche comenzó la ceremonia. Todos comimos del plato con medicina. Luego vinieron los cantos y los rezos. La señora que había pedido la curación vivía una experiencia muy fuerte. La medicina había hecho efecto y se aliviaba vomitando sin parar hasta el amanecer. Con la primera luz del sol, el Jefe encendió un Tabaco y, después de hacer los correspondientes rezos, dijo:

-Para esta ceremonia se me ha solicitado una curación especial-, y pidió a todo el círculo de personas que estaban participando, poner un buen pensamiento mientras esto sucedía.

A la señora la invitó a levantarse y a pasar al frente del fuego. Pidió a su hijo le trajera un plato que había permanecido en el centro del altar durante toda la noche, tapado con un manto bordado. Éste fue con premura y lo llevó hasta sus manos. Cuando el Jefe lo destapó, se pudo apreciar mucha medicina de Peyote, convertida en una especie de pasta.
Miró a la señora y le dijo:

-Toda esta medicina ha estado en la mesa central de mi altar. La he rezado toda la noche para ti y le he pedido que te cure de todo lo que cargas y te hace daño, que te limpie la mente y la libere de la confusión.

Acercó el plato hacia la señora, que con ojos de terror miraba la situación. Ya la pequeña dosis que comió al comenzar la ceremonia, le había hecho tener una de las noches más difíciles de su vida. Al borde de la desesperación, dijo:

-¡Yo no voy a comer toda esa medicina! ¡Por mí ya está bien, no la necesito! ¡Ya estoy curada con sólo verla!-

Una sensación de hilaridad y alivio contagió a todos. La actitud que ella tenía frente a su enfermedad había cambiado. El Jefe tapó nuevamente la medicina con el manto y le pidió que regresara a su puesto.

-Aún así, quiero que sepas que esta medicina es para ti, cuando la vayas a necesitar, estará esperando por ti en este altar, las veces que necesites-

La ceremonia avanzó y al terminar se presentaron los alimentos. Una anciana hizo el rezo sobre ellos, pidiendo salud para todos. Luego se repartió el agua, la carne, el maíz y las frutas. El Hombre del Camino miró con atención el momento en que la carne llegó a las manos de la señora vegetariana. Ella, con una gran sonrisa, agarró un puñado de carne de búfalo y se lo llevó a la boca.

El Hombre del Camino sonrió. Luego comentó con el anciano que estaba su lado.
-De todo esto puedo concluir que mucha gente que elige el vegetarianismo, lo elige por miedo-, dijo.

-Y que muchos le tienen más miedo a este vegetal que a la carne-, le contestó el anciano, mientras señalaba el plato con medicina.

Pura medicina

A la ceremonia de Peyote se había acercado una anciana que pertenecía a la tradición budista, con su grupo de estudiantes.
Al presentar los respetos para el anciano que la iba a dirigir, le pidió les permitiera estar en la ceremonia pero sin fumar tabaco, sin comer medicina ni probar la carne que se repartiría al final de la ceremonia. El anciano escuchó y le respondió:

-Nosotros no queremos turistas en nuestra vida. Si tú quieres compartir, está bien, pero si quieres hacer otra cosa anda a otro lado. Todo lo que ponemos en este altar para la gente es medicina, porque nuestros antepasados nos dijeron que todo es medicina. Eso es un buen entendimiento, todo es medicina cuando lo sabes ver. Están invitados a vivir con nosotros nuestra ceremonia, no a hacer turismo con nuestra tradición-

La anciana miró con respeto al anciano y aceptó sus palabras. Le pidió un tiempo para meditarlo y consultar lo con su corazón, y se retiró.

Una hora después, cuando la ceremonia estaba a punto de comenzar, la anciana se acercó a la puerta del tipi y le dijo al anciano que había dejado a sus alumnos en libertad de asistir, pero que ella quería participar respetando todas las condiciones. El abuelo les preparó un puesto especial dentro del círculo.

La ceremonia comenzó y el tabaco circuló para que todos lo fumaran, luego vinieron la medicina y los cantos. Se veía claramente todo el esfuerzo que la mujer hacía para romper con más de cuarenta años de disciplina en una tradición que le prohibía muchas de las cosas que estaba haciendo.

Al amanecer, la anciana tenía una hermosa expresión en su cara, como de profunda paz. El viejo encendió el tabaco principal de la ceremonia, con el que reza y da enseñanza. Miró fijamente a la anciana budista y se lo pasó sin duda alguna, rompiendo con el movimiento tradicional y el protocolo del rito.

-Queremos escuchar tu sabiduría-, le dijo. –Todo lo que has visto y el por qué de tan hermosa sonrisa-

Ella agarró el tabaco y habló:
-He pasado cuarenta años de mi vida tratando que mi existencia tenga un sentido, rezando para vencer mi ego, para limpiar mi miedo y para mantener un cuerpo y una mente sana; pero nadie me había dicho que todo puede ser medicina. Al principio no lo entendí, hasta ahora, que no sé cómo, pero lo sé. ¡Todo puede ser medicina!-

Y se rompió a llorar.
El abuelo le recibió el tabaco y le sopló humo en la espalda y en el corazón. Su llanto se calmó y él cerró la ceremonia.

Los alumnos de la mujer estaban asombrados por todo lo que miraron. Su maestra había fumado tabaco, había tomado medicina, había comido carne y sobre todo, había llorado en público. Era algo increíble.

Pero lo que vieron al rato no les entraba en la cabeza.

El anciano conversaba con la anciana, sentados en un tronco fuera del tipi, mientras tomaban Coca Cola.

-¿Coca Cola?, no lo puedo creer. Todo lo anterior lo entiendo, porque estaba dentro de un lugar sagrado, de una ceremonia, pero ¿Coca Cola?-, decía un desconcertado joven.

La anciana al ver a la distancia la confusión de este joven, levantó el vaso con gaseosa y sonriéndole, le gritó.

-¡Todo es medicina,…pura medicina!-

La sonaja

Un anciano curandero fue invitado a un festival de música indígena. La organización que financiaba el evento quería rescatar la música tradicional norteamericana.

Llegaron músicos de todos los rincones del país, con una gran cantidad de instrumentos y coros. Muchos jóvenes que se presentaban, fusionaban cantos tradicionales con jazz y rock o con ritmos andinos. Se apreciaron durante todos los días del festival voces muy privilegiadas y arreglos de altísima calidad. El festival duró tres días con sus noches. El espacio escogido para la realización del evento era una planicie abierta, cerca del Gran Cañón. Todavía el verano estaba presente y el sol era espléndido, acompañado por un cielo azul maravilloso.

Al último día, como telón de cierre, le llegó el turno al anciano. Mucha expectativa había respecto a este hombre, pues era uno de los pilares de la tradición de su pueblo. El anciano se presentó solamente con una sonaja, y antes de empezar a cantar, habló:

-Mis ojos han viso mucho en estos tres días-, dijo.
-Pero lo que más han visto es que vamos perdiendo el sentido de nuestros cantos. No estoy en contra de la incorporación de la modernidad en nuestras vidas, lo que sí no comparto es la pérdida del sentido en lo que hacemos. El canto fue entregado para curar, para agradecer, para invocar de una manera sagrada a nuestros antepasados y al Gran Misterio. Es un momento sagrado en nuestra vida, la vibración de todo el universo en nuestro cuerpo. El canto es la alegría de vivir sagradamente, de presentar nuestro respeto por la vida y por nuestros antepasados, de ser conscientes del misterio que nos envuelve y nos protege-

Calló un momento y comenzó a hablar en su lengua. Hizo un rezo pidiendo permiso a todos los espíritus del lugar para cantar. Los jóvenes, en especial ellos, sonreían al ver al anciano con una simple sonaja. Entonces el anciano comenzó a tocarla y de su boca salió una canción muy vieja, llamando al espíritu del águila. Todo ese sentimiento de burla desapareció cuando muchos de los asistentes comenzaron a llorar sin entender el porqué. Luego, ante el asombro de todos, un halcón de las praderas voló haciendo círculos por encima de la cabeza del anciano, tantas veces, que los más incrédulos callaron.

El festival se levantó en silencio, con un sentimiento general de que algo nos hacía falta entender o habíamos perdido.

El Chamán y el Gran Espíritu

Durante miles de años, año tras año, nuestra gente ha subido a la montaña a realizar un ayuno para pedir al Gran Espíritu una visión para su vida. El ayuno es total, de agua y de comida, además de permanecer en silencio. Es una gran ceremonia que dura trece días con sus noches. Mientras las personas van a buscar en la montaña su visión, el campamento al pie de ella permanece cantando y rezando por la vida de cada uno de los participantes.

Ese año teníamos tantos participantes que se nos hizo difícil llevar con orden el campamento y tomar en cuenta a cada uno de los buscadores. Nuestra responsabilidad era grande, así que pedimos a cada uno de los familiares y amigos que venían a acompañar a las personas que ayunaban, ayudarnos en la coordinación, pues no todos iban a ayunar por los trece días.

Uno de los tantos buscadores, que fue solo, se propuso ayunar por siete días. A este hombre le tocó un sitio en la montaña cerca de un caminito de herradura por el que bajaban, todos los días, dos niños campesinos a ayudar a su padre limpiando las malezas del sembrío. Estos niños jugaban, mientras limpiaban el huerto, al Gran Espíritu y al Chamán, seguramente inspirados en todo lo que hacíamos.

Así, uno de ellos le ordenaba al otro lo que tenía que hacer y el más pequeño le respondía: “Ajó, Gran Espíritu”. En sus momentos de descanso, el más pequeño inventaba canciones para agradecer al Gran Espíritu, mientras bailaban al son de ellas y reían a carcajadas.

El buscador vio este “ritual” durante los siete días de ayuno desde su sitio en la montaña; ello le hizo más fácil soportar el silencio, la soledad, la sed y el hambre.

El día que teníamos que ir a buscarle, los niños bajaron como siempre en la mañana y siguieron con el juego. El hombre se despertó, arregló su cobija y se dispuso a esperarnos. Al percatarse de que el grupo de apoyo que debía buscarlo no aparecía comenzó a desesperarse.

Sintiéndose abandonado, consideró salir por sus propios medios e ir al campamento. Pero recordó que, dentro de las indicaciones que le dimos, había una que expresamente le pedía no hacerlo. Entonces pensó en los niños.

Comenzó a chiflar. Los niños al escuchar el chiflido se acercaron a él. Como no podía hablar, les comenzó a explicar por señas qué era lo que pasaba. Los niños no entendieron lo que quería decir, así que le acercaron un papel y un lápiz. En él escribió:

“Creo que se olvidaron de mí”.

Al leerlo, los niños corrieron al campamento con el mensaje. Nosotros, mientras tanto, estábamos por comenzar una ceremonia de purificación con el grupo que había regresado de su ayuno, cuando vimos a los niños llegar agitados. El mayor entregó la nota al Jefe que dirigía todo, y éste dispuso inmediatamente buscar al olvidado.
Sentimos un alivio profundo al verlo bajar. Esperamos unos minutos y todos, ahora sí completos, entramos al templo, les agradecimos por su tiempo de oración en la montaña y les regresamos ritualmente su palabra.

Este buscador la tomó de inmediato y después de agradecer por todo lo que vivió, nos contó la anécdota de los niños. Todos reímos sin parar por el cuento.

El Jefe entonces le dijo.
-Ves, quién diría que tu mensaje de auxilio nos lo iba a entregar el mismísimo “Gran Espíritu” en nuestras manos-

Lo miró un momento y continuó.
-¡Qué buena visión!, ¡buen rezo, te escucharon!- sentenció.

No siento nada

Era una gran ceremonia de medicina a la cual habíamos sido invitados. El Hombre de Medicina que la iba a dirigir era un famoso curandero de México. La mayoría de las personas que asistieron eran jóvenes buscando respuestas para su vida, y otros tantos por la pura curiosidad de la medicina. Al iniciar la ceremonia, el Hombre de Medicina se dirigió especialmente a los muchachos:

-No hemos venido acá para satisfacer la curiosidad de nadie. Nuestro trabajo es nuestra forma de vida. La medicina que vamos a dar esta noche es un sacramento y les pido que tengan el respeto de tomarla de esta manera. No queremos que se confundan más de lo que ya se encuentran. Las personas que han venido acá sin un verdadero sentido de la espiritualidad, tengan cuidado de lo que van a hacer. No queremos que nadie se haga daño, así que si se quedan con nosotros van a tener que respetar los tiempos y los movimientos de esta ceremonia. No pueden levantarse e irse por ahí ni abandonar el círculo, especialmente si han comido medicina-

Todo el grupo se quedó aceptando el trato. Así que continuamos.
Luego de pasar la medicina, uno de los muchachos, el más inquieto, habló:

-Yo quisiera más medicina, porque esto no me hace nada-, dijo.
-Te hemos dado lo que te corresponde. Este no es un espacio para probar otra droga más, es una ceremonia sagrada para recibir medicina y rezar con ella, así que reza y pide por tu vida-, le regañó el curandero.

El muchacho se quedó refunfuñando cosas como: “esta huevada no me hace nada”. Y lo siguió diciendo mientras la noche avanzaba, haciéndonos saber su inconformidad. La gente empezó a molestarse por su actitud, pues su queja era insoportable, hasta el punto de distraer a todo el grupo. En ese momento, la muchacha que estaba a su lado y que había venido con él, le increpó con dureza:

-Si quieres seguir llamando la atención, ¿por qué no te vas a tu casa? Seguramente allá te soportan el berrinche y de paso nos dejas en paz-

El muchacho, ofendido por la reprimenda, se levantó indignado dispuesto a irse. El Hombre de Medicina habló entonces:

-¿Qué vas a hacer?, ¿por qué te levantas?-, dijo.
-Me voy. Aquí no me quieren y esa huevada no me hace nada-, contestó.
-¿Recuerdas lo primero que dije al comenzar esta ceremonia?-, volvió a preguntar.
-Sí, pero yo sé cuándo no me quieren en un sitio-
El curandero replicó con severidad:

-Si a pesar de mis advertencias quieres salir, aquí no te vamos a detener. Sólo quiero que sepas que este es un espacio seguro para vivir esta medicina. Si tú atraviesas la puerta de este Tipi, nos liberas de nuestra responsabilidad por ti, porque no estás respetando el trato que hicimos al principio. Eres grande y supongo que sabrás lo que quieres y también podrás atenerte a las consecuencias de tus actos.
Paró un momento y un poco más calmado, bajó el tono de regaño. Continuó:

-Al menos déjame darte una bendición para que todo esté bien contigo.
Entonces el Hombre de Medicina puso inciensos en las brasas del fuego y con un abanico de plumas le llevó el humo hacia la cabeza y el corazón, y le agradeció por el tiempo compartido. El muchacho, con cara de enojo, salió del tipi.

La ceremonia continuó y la muchacha comenzó a sentirse mal por lo que dijo. Entonces se acercó al Hombre de Medicina.
-Me siento extraña, no era yo quien hablaba-, le dijo. –Yo lo conozco hace muchos años y sé cómo es. Todos sus amigos y familiares hemos soportado siempre su manía de querer ser el centro de todo y hemos estado con él cada vez que se ha hecho daño. Yo le invité a esta ceremonia para que se dé cuenta de lo que está haciendo con su vida y resulta que he sido yo quien le ha pedido que se retire. Es la primera vez que veo con claridad lo que siento con su actitud, y que le puedo decir todo. También es la primera vez que me doy cuenta del daño que me he hecho por estar cuidándolo como niño. Pero no podría dejar de sentirme responsable si algo le llegara a pasar-

El Hombre de Medicina se levantó y agarró un puñado de inciensos. Los lanzó a las brasas y le dijo:
-Esa medicina en el fuego es para ti. Para que termines de limpiar ese pensamiento de culpa. Sólo confía en lo que estamos haciendo y si quieres hacer algo por él, reza por su bienestar. No podemos ayudar a quien no quiere y ya es tiempo de que te des cuenta que no eres su mamá. Lo que hiciste estuvo bien y lo que él hizo, es lo que siempre hace: huir-

La muchacha sollozaba. El curandero continuó:
-Confía, ésta no es una situación común, como las otras veces. Es una ocasión especial, pues ha estado con nosotros, y la medicina que lleva en su cuerpo es un encuentro con el Misterio-

La muchacha regresó a su puesto más aliviada y la ceremonia continuó hasta el amanecer. Cuando el Hombre de Medicina se disponía a encender el tabaco principal de la ceremonia, se escucharon unos pasos fuera del tipi. Los hombres que cuidaban el fuego salieron a ver qué pasaba.

Al regresar le contaron al Hombre de Medicina que se trataba de unos lugareños que querían hablar con él. Éste les pidió que entraran y que lo dijeran a todos. Entonces entró una pareja de campesinos:

-Mire, lo que pasa es que al ir a nuestros lugares de trabajo hemos encontrado a un muchacho sentado en la orilla de la carretera. Está temblando y lo único que dice es: “¡no me hace nada!”. Parece que tiene problemas y como sabemos que acá ustedes ayudan a las personas se lo hemos traído-

El silencio fue enorme en el círculo. El Hombre de Medicina pidió que lo llevaran frente al fuego. Así, trajeron al muchacho que horas atrás había abandonado la ceremonia. Estaba en un estado de conmoción, con los ojos perdidos y temblando. Lo sentaron, y con el tabaco en la mano el curandero se acercó a soplar le humo. También limpió su energía con un abanico de plumas de águila. Pasó un largo rato, hasta que el muchacho comenzó a cambiar su estado y a regresar en sí. El Hombre de Medicina, entonces, le pidió que regresara a su puesto. El muchacho se levantó y con lágrimas en los ojos fue a abrazar a su amiga. Y así pasaron hasta que la ceremonia concluyó.

Cuando ya estábamos levantando todo y despidiéndonos, el muchacho se acercó al Hombre de Medicina a agradecerle.

-¿No que la medicina es una huevada que no te hace nada?-, le preguntó el curandero.
-Ya sé-, dijo el muchacho, con expresión de arrepentimiento.
-El que ha hecho todo soy yo en contra de mí mismo. Ya lo entendí-, concluyó.
-El que ha hecho todo a favor también-, le contestó.
-Sí, también lo vi-, afirmó y se abrazaron.

Shamanic Incorporated Techniques

Un anciano que había vivido toda su vida en la selva amazónica, fue invitado a Europa a un encuentro de curanderos. El anciano ni siquiera había visitado la capital de su país, así que salir de su comunidad fue todo un acontecimiento.

Al partir, dio muestras de increíble curiosidad por todo lo que le habían contado de las grandes ciudades, de los aviones transatlánticos y de la forma de vida del hombre occidental en Europa.

Al llegar a París, el anciano se sentía tan bien y aprendía todo tan rápido, que parecía alguien que ha viajado y tomado aviones toda su vida.
La gira por Francia fue exitosa y continuó por Inglaterra.

En Londres asistió a la mayoría de conferencias programadas y cuando le preguntaban si quería traducción, respondía:
-No, quiero aprender inglés.
Tanto era su entusiasmo que pidió audífonos de traducción simultánea al inglés, para escuchar su propia intervención.
Luego de toda su experiencia regresó a la selva.

Meses después, le visitamos con unos amigos y le preguntamos:
-¿Cómo le fue en su viaje?
-Muy bien-, nos respondió. -Ya sé cómo se dice instrumento sagrado en inglés.

-¿Cómo?-, preguntamos muertos de curiosidad.
-Shamanic Incorporated Techniques-, dijo, en un perfecto inglés con acento anglosajón.

Nuestra madre no es virgen

Después de toda una noche de ceremonia, los primeros rayos del sol alumbraban las decenas de rostros que amanecieron alrededor del fuego. Una señora que había asistido en otras ocasiones, se arreglaba el cabello mientras explicaba a su amiga sobre el rezo que venía al amanecer. El rezo para el agua de la mujer, la Madre Tierra y los alimentos.

-Es igual que el rezo que se hace en la iglesia por la Virgen María, solo que acá la llaman Madre Tierra-, le dijo.

El Hombre Medicina la escuchó de casualidad y se quedó en silencio hasta el momento de poner una bendición sobre los alimentos.

-La Madre Tierra es nuestra verdadera madre-, dijo. -No es una imagen ni una idea ni una persona. Es el misterio mismo. Para nuestros pueblos nuestra Madre no ha pecado ni es virgen. Nuestra Madre ama a nuestro padre Sol y hacen una hermosa pareja. Se aman de verdad, tienen hijos y no se avergüenzan de la relación íntima que tienen. Nuestro Padre deposita su semilla, a través de la lluvia, en el vientre de nuestra Madre. Nuestra madre es una mujer que ama a su compañero y que hace el amor con él-, hizo una pausa y continuó:

-Nosotros no tenemos problema con que haya hermanos que digan que su madre es una pecadora y que por culpa de ella fueron expulsados del paraíso. Que digan lo que quieran de su propia madre, pero que no le digan nada a la nuestra. A nuestra gente nadie le ha expulsado del paraíso, nosotros vivimos en el paraíso y llegamos acá gracias a una mujer y no por culpa de ella. Gracias a nuestra Madre que amó a un hombre y que se jugó la vida para parirnos, es que estamos ahora aquí. Nuestra Madre no es una niña que no ha conocido hombre, ni es una mujer que vive en las nubes. Nuestra Madre es una mujer hecha y derecha, siempre embarazada y pariendo la vida, y sobre todo, está acá en la tierra. ¡Es la Tierra!-

Fumó profundamente el tabaco que tenía en sus manos, respiró. Su mirada tenía una expresión de indignación y dolor.

Si se pudiera mirar al centro de su pupila seguramente nos encontraríamos con la severa mirada de cientos de ancianos que estaban ya cansados de estas confusiones.

Reanudó su palabra:

-Es donde llegamos y donde nos refugiamos, donde criamos a nuestros hijos y donde conocemos el amor. Nuestra Madre nos alimenta y nos acoge todo el tiempo y así conocemos lo que es amar a una mujer. Por eso nosotros buscamos a una mujer para que nos acompañe en la vida. Por eso queremos que nuestras mujeres se conviertan en verdaderas mujeres, capaces de reconocer su fuerza y de saber que la sabiduría con la que nacen, nosotros los hombres la buscamos durante toda la vida. Si integramos esa sabiduría en nuestra vida, podremos decir que somos sabios. Por eso nuestros abuelos nos enseñaron que las mujeres son sagradas. Son ellas las que sostienen la vida en este planeta y es a ellas a las que el misterio les concedió la posibilidad de gestar y dar forma a nuestro amor-

Calló por un largo rato, y regresando a ver a la señora que hizo la comparación, dijo:

-Nuestra Madre no es virgen y nosotros estamos orgullosos de que así sea.

¡Gran Espíritu, no te escondas!

Había un Hombre de Medicina que solía cantar una canción en su lengua originaria. Era una hermosa canción que daba mucha fuerza y siempre alegraba a las personas que la escuchaban en sus ceremonias. Un día, mi curiosidad pudo más y le pregunté:

-¿Qué quiere decir la canción que siempre cantas?-
-Algo muy sencillo-, me dijo. –Al principio dice: “dime dónde estás” y luego dice: “mira donde estoy”-

Esa noche pregunté a la medicina qué quería decir este hombre con esa canción. Y tuve una visión. En ella había un hombre que necesitaba ayuda, pues algo muy doloroso le había sucedido. El hombre quería saber dónde podía encontrar alivio a su dolor y subió a la montaña a rezar. Pasó tres días en ayuno. Al comenzar su cuarto día de ayuno, este hombre empezó a cantar, ya al borde de la desesperación, “dime dónde estás, dime”, y luego de cantarla por mucho tiempo, una voz que venía de los cielos le contestó:
“mira donde estoy, mira”.

Me quedé satisfecho con lo que la medicina me mostró y decidí contarle al Hombre Medicina mi visión.

-¡Qué bonita historia!-, me dijo. –A mí la medicina me ha contado historias parecidas. Un día me contó que un hombre se preguntaba ¿dónde está el Gran Espíritu? Los ancianos ante su insistencia le contestaron que estaba escondido, pero que esta medicina le iba a indicar el camino para encontrarlo. El hombre fue a la ceremonia y la comió. Al amanecer, los ancianos le preguntaron:

-“¿Ya viste dónde está el Gran Espíritu?”. El hombre les contestó: “La medicina me lo dijo. Está escondido y no puedo decir dónde se esconde”-

-Los ancianos se miraron y comentaron: “A éste no hay cómo creerle. No tiene poder. La medicina no le ha dicho nada”. Entonces el hombre tomó la medicina en sus manos y gritó frente a todos dirigiéndose a la planta: “¡Gran Espíritu, no te escondas!”. Los ancianos aprobaron lo dicho y comentaron: “Este hombre ya lo sabe”-

¿Señor de las tinieblas?

Un hombre muy católico se presentó a una de las ceremonias que se realizan en los andes ecuatorianos para celebrar el solsticio de invierno. Estuvo muy respetuoso durante toda la ceremonia. Al concluir se acercó a nosotros y nos comentó:

-Yo pensé que estos ritos y estas maneras de rezar no tenían espiritualidad. Ahora me doy cuenta de que todo lo que pensaba sobre la vida de nuestros pueblos nativos era una gran ignorancia. Siempre me dio miedo acercarme a estas ceremonias porque a mí me enseñaron que eran cosas del diablo. Sobre todo porque se enciende un fuego en el centro y se adora al fuego. Y para mí los adoradores del fuego son serviles al Señor de las Tinieblas.

Sin pensarlo dos veces me atreví a comentar:
-A mí muchas veces me dijeron lo mismo. Pero un día decidí comer medicina y preguntarle quién es el Diablo. Entonces la medicina me mostraba todas las ideas preconcebidas que yo tenía acerca de este personaje. Por primera vez me di cuenta de que el Diablo tiene muchos nombres, pero uno de los más simpáticos era ese: “Señor de las Tinieblas”. La medicina me decía: “Mira la incoherencia, el Diablo vive en el infierno, que es un lugar lleno de fuego. Por lo tanto es un lugar de lo más iluminado. Cualquier espíritu que custodie ese sitio no debería llamarse el “Señor de las Tinieblas”, porque no hay otra fuente de luz que no sea el fuego. Deberían llamarlo “Señor de la Luz”. Además hablan de su maldad y la verdad es que la creación nació sin maldad. El Universo fue creado para tu bien y tu conocimiento, no para que te equivoques, sufras y te enfermes. Nada es malo en su esencia. La maldad es la creación del hombre. En toda la maravillosa posibilidad de creación que tiene el hombre, lo más grande que ha creado es la maldad. Por lo tanto no hay que buscar en otro lado, sino dentro de ti. Ahí está todo en lo que quieres creer y lo que quieres crear”-

El anciano me miró con desconfianza y comentó.
-¿Es decir que lo que me dice es que el Diablo es bueno?-
-No-, le respondí. –La bondad también es algo que ha creado el hombre-
-Entonces-, dijo con preocupación. -¿Quién es el Diablo?-
-Es nuestra creación-, le respondí.

¿Qué es esto para un guerrero?

Al amanecer, los millones de estrellas desaparecían poco a poco tras el resplandor del sol. El ambiente se comenzó a calentar más y más. La centena de personas que habían asistido a nuestra ceremonia para celebrar las cosechas, comenzaban a desprenderse de sus ropas abrigadas. Ya para el mediodía, cuando al fin acabamos, a todos se nos notaba un gran cansancio, pues la ceremonia fue muy dura.

Al cerrar la ceremonia, una de las personas que estaba en el círculo se acercó al hombre que cuidó el fuego durante toda la noche y la mañana, y le pidió que le diera una bendición.

Este hombre tenía la cara marcada por el cansancio del desvelo y el trabajo, pero aún así trajo una bolsa de tela que tenía inciensos, y colocándolos en las brasas, le dio una bendición con el humo. Al acabar, se dio cuenta de que tras la persona que le pidió esa bendición, había una fila con casi todos los participantes de la ceremonia.

Era una columna con muchísima gente que esperaba que le hicieran la misma bendición. Al hombre se le desorbitaron los ojos y al quererse negar, justificándose por el cansancio, mi padre se acercó y con firmeza le dijo:

-¿¡Qué es esto para un guerrero!?-
El hombre agachó la cabeza y comenzó de uno en uno a dar esa bendición. Trabajó hasta la tarde de ese día. Yo sonreía con mi padre al verle trabajar.

-¿Qué maldad le dijiste?-, le pregunté a mi padre.
-Es la verdad, si quiere aprender, esto es apenas una prueba y una oportunidad-, me contestó, sin perder la sonrisa en la cara.

Un año después, nos encontramos en una comunidad en la amazonia del Ecuador, haciendo una ceremonia de ofrenda para poder realizar la Danza del Sol.

Esta danza se había perdido en todo este territorio y estábamos dando los primeros pasos para poder realizarla nuevamente. Rezamos toda la noche en medio de mosquitos, de un calor húmedo y de un penetrante olor a tierra mojada. Al amanecer el sol nos calcinó, de la manera como sólo en el Ecuador puede calcinar.

Entrada la mañana danzamos hasta la tarde. Al acabar todo, estábamos agotados, acalorados y picados por los mosquitos. Mi padre se acercó al río, que por suerte pasaba cerca del sitio ceremonial, y con un pequeño recipiente recogió agua fresca para echársela encima.

De pronto vio al anciano que dirigió la danza cerca de él y en un gesto de respeto y cariño, se le aproximó y bañó su cabeza. Luego llenó nuevamente el balde y mojó su espalda y su pecho.

El anciano le miró y, en un sentido abrazo, le dio las gracias. Pero cuando volvió a llenar el balde con la intensión de echárselo, tenía una columna formada con todos los hombres, mujeres y niños de la comunidad, que querían que les diera esa misma bendición.

Yo miré todo el espectáculo y me puse en la fila para la bendición. Después de recibir el agua fresca por mi cuerpo, le dije a mi padre.

-¡Qué es esto para un guerrero!-, y me alejé riendo, mientras él bañaba y bañaba gente hasta la noche.

Dos años después, nos encontrábamos en un pueblito de los andes realizando una ceremonia para celebrar las cosechas. Mi padre estaba dirigiendo la ceremonia y yo le ayudaba a cuidar el fuego. Al terminar, después de trabajar la noche entera, una señora del pueblo se acercó a pedirle a mi padre que le hiciera una curación, soplándole aguardiente por el cuerpo. Mi padre entonces me pidió que me levantara y, dirigiéndose a la señora, dijo:

-Este es mi hijo. Él ya sabe curar y está entrenado. Si él le realiza esta curación, será como si yo mismo lo estuviera haciendo-.
Debo confesar que me llené de alegría y orgullo al escuchar a mi padre. Sus palabras y la confianza que ponía en mí me llenaban de emoción; a decir verdad, hasta ese momento no me había concedido tal responsabilidad.

Así que me levanté y me puse mis protecciones para realizar esta curación. Agarré una botella de aguardiente que tenía en mi bolso, y pidiéndole a la señora que se ubicara frente al fuego, le soplé aguardiente y tabaco por todo el cuerpo.

Al concluir, puse el cigarro en el fuego dispuesto a irme. Entonces me sentí atrapado, pues se había formado una columna con todas las personas del pueblo que querían que les realizara una curación. Yo calculé que había unas ochenta personas en la fila.

-Lo siento-, les dije, mostrándoles la botella de aguardiente. -Sólo me alcanza para unas dos personas, nada más. No puedo curar a tantos-

Feliz de mi suerte y de mi rapidez mental, sonreí buscando a mi padre. Entonces, lo vi llegar al círculo ceremonial.

Mientras yo curaba a la señora, él se había ido hasta el auto y regresó cargando en el hombro un recipiente gigante, que contenía veinte litros de aguardiente.

Con una inmensa sonrisa que no se le borró en meses, depositó el recipiente en el suelo, mientras me decía:

-Hijo, ¡qué es esto para un guerrero!-

¿Dónde se esconde Dios?

Trabajábamos en una ceremonia que dirigía un Uwishin. Esa noche había llegado un hombre que decía ser seguidor de la tradición budista, pero que había escuchado cosas hermosas de las tradiciones amerindias y quería vivirlas.

El Uwishin le sentó cerca suyo y le trató con cierto privilegio. Al amanecer, prendió un tabaco para rezar y lo compartió con este hombre. Él, agradecido por todo lo vivido, nos contó una historia.

-Un día-, comenzó.- El creador decidió que se iba a esconder de los hombres, pues estaba cansado de que la especie humana se olvidara de honrarlo. Quería dar una lección al ser humano y exigirle más esfuerzo. Fue a hablar con el Diablo y le dijo: “Mira, yo necesito esconderme del ser humano. Tú que conoces mejor su alma y su comportamiento, ¿me puedes decir dónde esconderme? ¿Será que si voy a la cima de las montañas o al fondo del mar, le será difícil encontrarme?”. El Diablo se quedó pensando y le dijo: “Si realmente quieres que le sea difícil encontrarte, yo sé el mejor sitio para tu escondite” El Creador, entonces, pidió que le indicara dónde estaba ese perdido lugar. El Diablo le dijo: “Escóndete en su corazón, el ser humano jamás te buscará ahí”-

El Uwishin le escuchó con mucha atención, y al recibir nuevamente el tabaco, le preguntó a este hombre.
-¿Y usted sabe por qué el Diablo le dio esa respuesta?-
-No-, contestó el hombre con expresión de curiosidad.

-Porque el Diablo también vive ahí-, le dijo y siguió fumando.

El lenguaje de las piedras

Un caminante, que venía de Europa, estaba buscando a un anciano que pudiera contestar sus preguntas. Traía a cuestas una mochila que le sobrepasaba la cabeza sin peinar, y su percudida ropa daba evidencias de haber caminado por mucho tiempo sin parar. Por las referencias que le dieron unos amigos, llegó hasta nuestro círculo. Al conocer a nuestro Jefe, que además es un Hombre Medicina y Líder Espiritual, le dijo:

-Yo te he soñado. Sé que eres la persona que me ayudará-.
El Jefe lo miró y con un poco de desdén le dijo que preguntara. Al escucharle hablar tanto y de tantas cosas nos dimos cuenta de que este personaje estaba un poco chiflado.

-No puedo responderte todo en este momento-, dijo el Jefe. -Quiero que te concentres y me hagas una sola pregunta por ahora-

-¿Es verdad que hablan las piedras?-, preguntó apuradamente.
-Sí-, le respondió el Jefe, y se levantó sin prestarle más atención.
Este hombre, sintiéndose despreciado, se fue del sitio.

Meses después, cuando realizábamos un viaje por México, lo volvimos a encontrar. Al vernos se acercó y, abrazando al Jefe, le dijo.
-Me he quedado pensando en tu respuesta y ahora sé que no debí hacer esa pregunta. ¿Puedo reformular la pregunta?-

El jefe asintió sin mucha emoción.
-¿Se puede escuchar el lenguaje de las piedras?-, dijo atropellándose con las palabras.
-Sí-, le volvió a contestar y se levantó.
El hombre se sintió derrotado y más tarde me comentó.

-Sé que él tiene la respuesta-, me dijo. -Pero no puedo entender su enseñanza-
-Pero si quieres una enseñanza-, le dije, -no hagas más preguntas, pídele instrucción-

Los ojos se le pusieron brillantes y fue hacia donde el Jefe nuevamente. Al presentar le sus respetos con una bolsa llena de tabaco, le dijo:
-Jefe, quiero recibir instrucción para poder entender el lenguaje de las piedras. El Jefe, antes de recibir la bolsa de tabaco, le advirtió:

-¿Estás seguro de querer hacerlo? Para nosotros el hecho que alguien entregue tabaco pidiendo instrucción es un compromiso, no es un juego. El tabaco es un espíritu principal y entregar tu palabra junto a él es comprometerse a realizar toda la labor sin quejas y hasta el final-

-Estoy consciente de ello-, dijo el hombre, mirándolo pero sin mirarlo. Como si su mirada atravesara el cuerpo del Jefe y se posara en el infinito. Tal vez dentro suyo algo le advertía de la gravedad y la seriedad de la situación. Tal vez se preguntaba: ¿cómo me metí en esto?

El Jefe se bendijo con el tabaco entregado y le dijo:
-¿Quieres conocer el lenguaje de las piedras?, entonces tienes que conseguirte una abuela piedra que venga de un volcán. Ésta tiene que tener un buen peso y ser del porte de tu cabeza. Le vas a hacer una bolsa de color rojo para agradecer su presencia y poderla portar de una manera sagrada. Luego, como veo que andas por el mundo con una mochila, vas a llevar la siempre a tus espaldas. Así vas a andar durante un año y al final de esto, volvemos a hablar-

El hombre se quedó mudo. Me regresó a ver tratando de encontrar en mis ojos una justificación para no hacerlo, o al menos un indicio de que estaba siendo tomado el pelo. Al ver mi seriedad, se levantó, agradeció y se fue.

-Jefe-, le pregunté,-¿Crees que lo haga?-
-Me entregó un tabaco y está advertido del compromiso, más le vale cumplir-, me contestó.

Pasó un año y nos volvimos a encontrar con este hombre en México. Su actitud había cambiado notablemente, se veía más tranquilo. Al vernos se acercó y habló con el Jefe.
-He cargado esta piedra durante todo el año y la verdad es que todavía no la escucho hablar conmigo-

-No esperes que te hable en español o en inglés-, le dijo. -Ella habla en el “lenguaje de las piedras”. Haz hecho un buen esfuerzo, pero todavía no entiendes. Cárgala un año más y volveremos a hablar-

El hombre se retiró con más humildad que antes, dando las gracias.
-Pensé que no lo iba a hacer-, dije.

-Él tiene la voluntad para muchas cosas, pero también tiene la terquedad en su cabeza que le confunde. Va a tener que caminar un poco más-, me confió.

Pasó otro año y nos volvimos encontrar con él, esta vez en el Perú. Pudimos observar que algo le pasaba, su caminar había cambiado, se movía un poco más lento. Se acercó y dijo:
-Lo único que he conseguido después de cargar esta piedra durante dos años es una hernia de disco en mi columna vertebral. Mi doctor me prohibió seguir cargándola, me dijo que era un idiota por hacer eso. Así que lamentablemente no he podido cargar la estos últimos dos meses.

-¿Y qué has hecho con ella?-, preguntó el Jefe.
-La he dejado en casa, en un altar que organicé para que esté bien, le he puesto un vaso con agua para que tenga bendiciones y la compañía de un buen espíritu-
-¿Y ya entiendes el lenguaje de las piedras?-, le preguntó el Jefe.
-No sé, pero hay algo que sí me ha enseñado. Me ha enseñado que es bueno parar un poco mi cabeza y descargar lo que me hace daño. También sé que tengo que tener cuidado con lo que pido-

-Ves-, le dijo el Jefe. -Ya estás entendiendo el lenguaje de las piedras y el respeto a su manera de hablar-

-Las piedras hablan todo el tiempo-, intervine. -Pero somos tan sordos, que a veces nos sacan hernias para que las escuchemos.

El hombre me miró y me preguntó:

-¿A ti también te ha sometido a este entrenamiento?-
-Sí-, le respondí-
-¿Y cuánto tiempo has cargado tu piedra?-
-Unos diez años-, le contesté.
-¿Y no te ha lastimado la espalda?-
-No-, le dije. –Es que yo la cargo en el bolsillo del pantalón-

Y saqué un pequeño meteorito que llevaba siempre conmigo. El hombre, desconcertado, le preguntó al Jefe:
-¿Por qué me has hecho cargar una piedra tan grande y a él una tan pequeña?-

-Porque tus ganas eran más grandes que las de él-, le dijo.
-Sí-, afirmé. –Tus ganas eran del porte de tu cabeza-

El amuleto

Una amiga que solía acompañarnos en nuestros ritos, le comentó al Jefe.
-El otro día visité a alguien que leía las cartas del tarot. Esta persona me dijo que sobre mi vida pesa una maldición. Que me han hecho un mal con brujería y lo que necesito es un amuleto y una sanación. Pero la verdad es que no he tenido dinero para hacerme la sanación y no sé cuál es el mejor amuleto. Yo vengo a donde ustedes para pedirles que me hagan una sanación gratis, y quisiera que también me ayuden a encontrar el amuleto que me proteja-

El Jefe miró al cielo y le contestó.
-Mira, qué bueno que hayas venido. Le puedes decir a esa persona que ya estás bien, que no tienes brujería ni nada de esas cosas. Y que tienes la mejor protección sobre ti-

-Pero-, insistió. -Yo estoy casi segura de que es verdad lo de la brujería, porque este tiempo ha sido muy difícil para mí-

El Jefe me miró como pidiendo ayuda para hacerle entender. Entonces hablé:

-¿Tú sabes qué es la brujería?-, dije.
-No-, contestó.
-¿Entonces cómo estás tan segura de que te la han hecho?-
-Porque me han sucedido cosas muy extrañas en este tiempo y la mala suerte me persigue-, recalcó.

-Mira, de lo que entiendo, la brujería es un movimiento de energía que alguien te envía. Es una intención para enfermarte. Pero el punto no es lo que los otros hagan. Si esa intención te hace daño, ¿por qué la permites?, ¿dónde está tu debilidad? No es cuestión de encontrar responsables de lo que otros hacen en nuestra contra o en nuestro favor. Sino fortalecer nuestro cuerpo y nuestro espíritu para estar bien y aprender a cuidarnos. Además tú tienes la mejor protección: tu propia vida. No hay mejor amuleto que tu propia vida-

-No es afuera donde está la solución-, agregó el Jefe. -Busca dentro de ti y ahí encontrarás todo lo que me pides-

-Pero-, insistía sin entender. -No creo que me haría mal tener un amuleto, porque esas cosas sirven, ¿o no?-

El Jefe la miró fijamente y le dijo:
-Claro que sirven, pero tu problema realmente es que no entiendes-. Entonces decidió ayudarle.
-Cierra los ojos-, le ordenó. –Mira dentro de ti. ¿Ves tu corazón?-

-Sí-, respondió emocionada-
-¿Cómo es?-
-Brillante y hermoso-
-Abre los ojos-, le pidió-

Ella los abrió y el Jefe continuó:
–Entonces vas a conseguir un dije redondo, de oro de 36 quilates, muy hermoso, como una moneda de 50 centavos de dólar, y vas a incrustar le un círculo de siete brillantes y en el centro un buen diamante engastado en plata. Ese es tu amuleto-. Nuestra amiga se quedó desconcertada.

-Pero si ni siquiera he tenido dinero para pagar la curación, menos para todo eso que me pides. Nunca voy a poder conseguir un brillante, es una locura-, dijo, se levantó un poco molesta y se marchó.

El Jefe arqueó una ceja meneando su cabeza; respirando notoriamente levantó su vista, me miró y dijo:
-Si quieres algo que valga la pena representar, portarlo para que todos lo miren y para que te cuide, mira dentro de ti.

-Entiendo, pero ella no cree que vale tanto-, dije.
Hubo un pequeño silencio, y añadí:
-Jefe, creo que le hubiera salido más barato preguntarle a la persona del tarot.
-Creo que sí-, me respondió el Jefe.
Sonreímos.

Humildad

Tenía diecinueve años cuando comencé a aprender responsablemente el oficio de curandero. La familia había estado esperando hacía tiempo que yo tomara esa responsabilidad; cuando expresé mi gana y mi compromiso, mis mayores me lo agradecieron.

Así, lo que hicieron durante los dos primeros años fue ponerme a cortar leña para las ceremonias, a recoger todas las cosas y a barrer el sitio donde se había trabajado. Yo esperaba que me pusieran a trabajar en sitios más interesantes como cuidar el fuego o preparar medicina, pero no.

Un día, después de pasar un año cortando leña y limpiando, vino un anciano muy conocido por su sabiduría. Mis mayores y mi padre pasaron el día junto a él, escucharon sus historias, comieron y rieron en su compañía.
Yo extrañaba esos encuentros, pues antes de comprometerme a aprender solía pasar tiempo junto a ellos, e incluso estar incluido en el círculo de los Jefes.

Así que ese día, mientras los demás se divertían, yo cortaba leña.

Al caer la tarde yo seguía con el duro oficio y ni siquiera había comido. Molesto por la falta de atención hacia mí comencé a refunfuñar mientras usaba el hacha.
-Ni siquiera me dan de comer-, comentaba para mí.
–Tampoco reconocen todo mi trabajo, si yo no cortara la leña y limpiara, estas ceremonias no se podrían realizar. Ya ni siquiera me agradecen en la ceremonia por todo lo que hago para ellos. No me toman en cuenta para nada-.

Mi cabeza estaba nublada por aquellos pensamientos de autocompasión.
Mordía fuertemente mi mandíbula y estaba a punto de echarme a llorar como un chiquillo que no recibió el juguete en su cumpleaños. El mundo no se merecía lo que estaba haciendo por él.

En eso me encontraba cuando, por no poner atención, fallé en el cálculo con un golpe del hacha, y un leño grueso voló por los aires y me dio un golpe seco y duro en la canilla. Enseguida se inflamó y el dolor fue tan grande que tuve que sentarme a frotar mi pantorrilla.

Las lágrimas se me salieron solas por el intenso dolor que sentía. Una vez que pasó lo más doloroso, me quedé reflexionando.

-¿Qué es lo que tengo que aprender de todo esto?-, me preguntaba mientras intentaba caminar. Así, cojeando y sin derecho a queja, terminé de cortar la leña y de apilarla cerca al templo.

La ceremonia comenzó y a mí me ubicaron lejos de los ancianos. Estaba sentado con la gente que vino desde afuera a este encuentro. Yo sentía cómo la hinchazón se agrandaba cada vez más y el dolor se acentuaba con el frío de la noche.

Al tomar la medicina, me puse a rezar pidiendo entendimiento. Quería que la medicina me revelara lo que tenía que aprender o cambiar, pero el dolor en mi pantorrilla era tan grande que no pude concentrarme en nada. Hasta que, al amanecer, recordé una historia.

Esta historia contaba que las partes del cuerpo tienen relación con cuatro grandes aprendizajes que el Hombre de Conocimiento tiene que recorrer. La humildad, ubicada en los pies y piernas, la voluntad, ubicada en el vientre, la sinceridad, ubicada en el plexo y las manos, y la integridad, ubicada en la cabeza. Entonces me quedé tranquilo con mi propia explicación.¡Estoy aprendiendo humildad!-, me dije.
Al acabar la ceremonia, me acerqué al anciano y le conté todo lo que viví. Orgulloso le conté mi conclusión.

-¡Estoy aprendiendo humildad!-, le dije fuertemente como si quisiera que más personas me escucharan.
El anciano me miró y con severidad me dijo:

-No hijito, no estás aprendiendo humildad. Estas aprendiendo a cortar leña-

¡Voló!

En una ocasión, un grupo de curanderos mexicanos vino a realizar una ceremonia en nuestra casa. Lo que me sorprendió del grupo no fue el anciano, que era un hombre de mucho conocimiento, sino uno de sus acompañantes. Este hombre era el típico ‘chicano’. Chaqueta de cuero llena de hebillas, pañuelo en la cabeza, aretes, pantalones jeans a la moda, y un par de zapatos blancos que al caminar encendían unas pequeñas lucecitas en el talón.

Para mí era sumamente cómico ver a un hombre que había dedicado su vida a vivir la tradición de su pueblo, vestido de esa manera. El anciano, mirando la expresión de mi cara, me habló:

-No creas que todo lo que ves es la verdad. La visión es algo que se aprende, es más grande que el hecho de ver. Aunque pensamos que vemos, la verdad es que no vemos nada. Si tú quieres llegar a ser alguien con visión, entrénate en lo que ves y en lo que sientes a través de lo que ves. Y, sobre todo, ten confianza en tu sentimiento, no en tu prejuicio-

Acepté tener un prejuicio y una idea preconcebida sobre la apariencia que debía tener alguien que vive un camino espiritual. Al llegar la noche y tomar la medicina, pude darme cuenta de que tenía mucho que entender y mucho que trabajar conmigo mismo.

En eso estaba cuando algo comenzó a llamarme la atención y a distraerme de lo que observaba en mí. Este hombre caminaba dentro y fuera del círculo ceremonial, atendiendo a la gente, pero en la oscuridad sólo se observaban las lucecitas que sus zapatos lanzaban. Cada vez fue más graciosa la situación, y mi padre y yo comenzamos a reír. El hombre salía del círculo y podíamos saber por dónde andaba por los pequeños destellos de sus pies. Así transcurrió la noche, hasta que en la madrugada sucedió algo extrañísimo.

El hombre salió del círculo como había estado haciendo, pero esta vez las lucecitas de sus zapatos comenzaron a ascender hasta perderse en el cielo.

-¿Estás viendo lo que veo?-, pregunté a mi padre codeándolo suavemente.
-Si-, me respondió con asombro.

-¡Está volando!-, dije, lleno de incredulidad. Mi padre sonrió.
-Parece que sí-, me contestó.

Busqué explicación en mi cabeza. “¿Cómo puede ser?” me preguntaba, mientras miraba a todos lados buscándolo. Creía que me iba volver loco, estaba contemplando un imposible y no daba crédito a lo que había visto. Al rato, para mi calma, miré que volvía a entrar al círculo.

Esta vez, a diferencia de su habitual recorrido, vino directamente hacia nosotros e hizo un comentario, como quien no dice nada.

-¿Ya observaron qué lindas que están las luciérnagas esta noche?-, nos dijo y se alejó. Regresé a ver a mi padre, que reía sin poderse contener.

Ya calmado, me dijo:
-La cabeza siempre encontrará razones para no creer en prodigios, pero no puede evitar que los veas-
-¿Sabes cómo se llama este hombre?-, pregunté.
-Ángel-, me respondió.

Estoy viendo al Diablo

Me habían pedido hacer una ceremonia con un grupo de mujeres que trabajaba en una organización, donde prestaban ayuda y asesoría legal en casos de violencia doméstica. Casi todas ellas habían sido víctimas de este estilo de agresión y por eso habían dedicado su vida a ayudar y dar amparo a otras víctimas.

El propósito de la ceremonia era sanar sus propias historias de dolor y agresión, para así tener más fuerza y poder ayudar a otras mujeres.

Yo acepté el compromiso y, una noche de luna llena, me reuní con veinte mujeres para tomar medicina. Todo transcurría a la perfección, hasta que una de ellas comenzó a llorar de manera incontenible. La medicina estaba trabajando en su interior y le abrió recuerdos dolorosos. Después de un buen rato de encontrarse así, se me acercó, temblando de miedo.

-Estoy viendo al Diablo-, me dijo.
-Qué bueno-, le dije calmadamente.
-Obsérvalo y no le tengas miedo-
-Pero, es que sí le tengo miedo-, me dijo con la voz entrecortada. –No quiero cerrar los ojos porque le temo-

-Mira-, le dije. -Si la medicina te lo está mostrando es para que lo encares, no para que huyas. Yo puedo entender tu miedo, pero tienes que hacer un esfuerzo y cerrar los ojos. Tú le temes porque no le conoces. Pregúntale claramente quién es-

Tomando valor cerró los ojos, pero al instante los volvió a abrir.

-¡Ya me contestó!-, dijo emocionada, con un miedo que escondía una gran alegría.
-Bien-, respondí. –Ahora pregúntale qué hace ahí-

Cerró nuevamente sus ojos. Esta vez se quedó un rato más largo en su visión, y se quebró en llanto antes de volver a abrirlos.

-¿Ya le preguntaste?-, le dije.
-Sí, pero no quiero escuchar más-, me respondió.
-¿Qué quieres hacer?-, pregunté.
-Quiero que se vaya-, dijo llorando.
-Pues entonces dile que se vaya-, le indiqué.

La señora volvió a cerrar los ojos y frunció el ceño. Parecía que dentro de sí libraba una gran batalla. Dejó de llorar y reflejaba que su sentimiento, de miedo y dolor, había cambiado a ser de coraje. Estuvo un buen tiempo así, hasta que al fin liberó su tensión en el cuerpo y su ceño dejó de estar fruncido. Rompió nuevamente en un desconsolado llanto.

Yo la miré llorar y esperé unos minutos. Luego pregunté.

-¿Ya se fue?-
-Sí-, me dijo.
-Entonces, ¿por qué lloras?-
-Porque me da pena que se haya ido-, me respondió.

Al acabar la ceremonia me senté con ella. Tenía una expresión de alivio, pero con dolor.
-¿Cómo estás?-, le pregunté
-Extraña-, me dijo. -No puedo creer todo lo que me pasó-

Entonces me contó con detalle su experiencia.
-Este demonio tenía el nombre del hombre que me violó cuando yo tenía trece años, y me dijo que estaba dentro de mí porque yo lo había puesto ahí. Me hizo recordar el odio que tenía por ese hombre y los dibujos que yo hacía de él. Siempre lo dibujaba en forma de diablo. Me dijo que cuidaba una puerta. Tras esa puerta estaba todo lo vivido a lo largo de la violación; insistía en que yo le había pedido quedarse ahí, para no poder entrar y recordar. Era un monstruo horrible y me daba asco, pero era verdad lo que me decía. Me producía el mismo miedo que siento cuando recuerdo mi violación. Lo que no entiendo es por qué al pedirle que se fuera, me dio tristeza-

-Lo tuviste en tu vida tantos años-, le dije. -Y aunque no haya sido la mejor manera de resolver tu problema, fue la opción que tomaste y la que, de alguna manera, te ayudó, no a sanar, pero sí a sobrevivir-

-¿No está mal que me haya dado pena que se fuera?-, me preguntó.
-Nunca está mal reconocer lo que sentimos, aunque no sea lo que se supone que deberíamos sentir-

-Y ahora ¿cuál es el siguiente paso?-, me preguntó.
-Aprender a vivir sin él-, le dije.

Siempre ríen

Un hombre que se decía estudioso del mundo indígena hablaba para un grupo de personas en una conferencia. Dentro del público que lo escuchaba estaba un anciano de sabiduría del pueblo Secoya de la selva amazónica, al norte del Ecuador.

El estudioso daba un discurso acalorado y colérico sobre el maravilloso mundo indígena, su cosmovisión y su medicina. También acalorada era su intervención al hablar de la segregación, el abuso y la desatención a que están expuestos por parte de la sociedad civil y el gobierno. Acabó su intervención, casi al borde del infarto, reclamando los derechos indígenas y pidiendo al mundo el reconocimiento de su sabiduría, que como era obvio, él conocía como la palma de su mano.

-Yo he vivido con ellos, sé las condiciones en las que viven, pues soy uno de los herederos de su sabiduría. Por eso tengo el derecho de reclamar un mejor trato y un reconocimiento-, dijo al concluir.

Se bajó del estrado ante el aplauso de toda la concurrencia.
Al mirar al anciano y reconocerlo, pues realmente era un hombre que había caminado por muchas comunidades indígenas, se acercó y le preguntó.

-¿Cómo está abuelo?, ¿escuchó mi intervención?-
-Sí la escuché-, dijo el abuelo, y antes de que le dijera otra cosa, preguntó:
-Usted conoce mucho de nosotros, ¿cierto?-

-Sí, bastante-, dijo el estudioso.
-Usted entonces me puede decir ¿qué es lo que los indios hacemos todos los días?-

El estudioso se quedó pensando un buen rato y respondió con iluminación en la cara.
-Siempre están riendo y bromeando-
-Entonces-, dijo el abuelo. -¿Por qué usted no ríe?-

El silencio fue evidente. El abuelo continuó hablándole, esta vez con más confianza.
-¿Por qué te lamentas tanto y lloras nuestras desgracias? ¿No te das cuenta de que nosotros lloramos a nuestros muertos y sanamos nuestras desgracias a tiempo, para poder volver a reír? No necesitamos que llores por nosotros. Hazte un favor y ríe con nosotros-

Padre mío, ¡ayúdame!

Un muchacho que tenía problemas de adicción se acercó a nuestra familia para que le ayudásemos a salir de su situación. Se preparó para él una ceremonia de purificación. Esta ceremonia, conocida como Temascalli, se realiza en una pequeña cabaña cubierta con pieles y mantas, donde se colocan piedras volcánicas calentadas hasta el rojo vivo. Sobre estas piedras se pone agua y se realizan cantos y rezos. Todo esto en la completa oscuridad, pues la cabaña es el vientre de la Madre Tierra.

Es una ceremonia de renacimiento y limpieza. El muchacho vivió su primera ceremonia y emocionado fue a comentarlo a su familia. Era tanta su emoción, que convenció a su padre de que asistiera a la segunda sesión y compartiera con él sus esfuerzos por salir de su problema.

Semana seguida nos organizamos para realizar la segunda ceremonia. El muchacho llegó puntual y evidentemente emocionado, pues su padre, un hombre duro y conservador, había accedido a acompañarlo.

Entramos a este pequeño templo y las piedras al rojo vivo se dispusieron en el centro de la cabaña. El calor empezó a elevarse rápidamente. Todos estábamos ya empapados de sudor cuando el anciano que lo dirigía pidió que se cerrara la puerta de la cabaña.

En la completa oscuridad, el agua chisporroteaba al caer sobre las piedras y el vapor puso todavía más caliente el ambiente. El anciano inició los cantos, cuando de pronto se escuchó la voz del muchacho.

-Padre, ¡ayúdame! Padre mío, ¡ayúdame!-
Entonces su padre comenzó a exigir a gritos que se abriera la puerta. Al ver que no obedecíamos sus órdenes, despuntó en insultos hacia el anciano. Le acusó de ignorante y de inconsciente.

-¿Acaso no te das cuenta de que mi hijo está mal y que pide ayuda?-, gritaba. -¡Esto es peligroso!-, decía descontrolado. -¡Ustedes son unos indios charlatanes que no miden las consecuencias de sus actos, pueden matar a mi hijo! ¡Les exijo que abran este sitio!-

Cansado de escuchar los gritos del hombre, el anciano pidió que abrieran la puerta. El padre seguía vociferando maldiciones, hasta que su hijo lo mandó a callar.

-¡Cállate!-, le dijo. -¡No hagas tu típico espectáculo acá con esta gente! No te das cuenta de que no te hablaba a ti. A quien pedía ayuda era a mi padre, pero a mi padre Fuego.

El hombre, completamente avergonzado por la escena, quiso salir al paso de todo manteniéndose intolerante.

-¡Eso es lo que te enseña esta gente!-, dijo desencajado.
-¿A que no me respetes y a que no me reconozcas como tu verdadero padre?-

El muchacho respondió con mucha calma.
-No, eso no me enseñan. Si algo he aprendido acá es a no tenerte miedo y a no avergonzarme de ti-

Quiero ver mi lado oscuro

Hacíamos un Temascalli para un grupo de jóvenes que estaba en rehabilitación por adicción. Uno de ellos, el más vistoso, pues llevaba la cara repleta de piercing y tatuajes a lo largo de sus dos brazos, quería evidenciar su aspecto de ‘malo’.

Al acercarse a un hermano mío, que iba dirigir la ceremonia, le dijo con aire socarrón.

-Yo quiero ver mi lado oscuro, conocerlo verdaderamente-
Mi hermano le respondió.
-Lo primero que necesitas hacer es quitarte esos aretes de la cara-

El muchacho sintiéndose perseguido, sentenció:

-¡Así soy yo! y si tienen prejuicio con los aretes, ¿entonces para qué vienen acá?-

Yo le respondí con más calma.
-Lo que te pide mi hermano no es por prejuicio. Es solamente para que no se recalienten esos pedazos de metal y te quemen. Es una simple precaución para tu cuidado, pues adentro hace mucho calor. Pero si no lo quieres hacer, no creo que haya problema-

El muchacho, sin bajar su actitud defensiva, se quedó callado y se retiró.
-Hay que poner cuidado con este muchacho-, dijo mi hermano. -Está acostumbrado al maltrato-

Continuamos la ceremonia y todos entramos a la cabaña. El muchacho de los aretes entró al final, sin quitarse ninguno de sus aditamentos, y se sentó al lado del hombre que colocaba las piedras calientes en el centro.

Para entrar las piedras estábamos utilizando un bieldo de hierro, que se calentaba cada vez más por el contacto con ellas. Sin poder controlar el jolgorio de los muchachos, nuestro rebelde insistía levantando la voz.
-A lo que he venido acá es a pedir a cualquiera de los espíritus que me deje ver mi lado oscuro-

Mi hermano lo miraba con firmeza, estaba a punto de mandarle a callar y regañarle para que aprendiera a cuidar su palabra, cuando sucedió el accidente.

El hombre que depositaba las piedras calientes en el centro del templo hizo un mal movimiento, y la piedra roja resbaló. Preocupado de que la piedra no fuera a quemar a nadie, levantó el bieldo sin mirar y una punta de la herramienta se enganchó en uno de los aretes que el muchacho tenía en la ceja.

Al quererse librar, movió para adelante su cabeza y la punta perforó la órbita del ojo. El hierro de ¼ de pulgada de grosor, entró cuatro centímetros en el cuerpo del muchacho y salió al instante.

Él gritó y se agarró el ojo herido. Todos nos quedamos paralizados. Mi hermano, antes de que cundiera el pánico, dijo alzando la voz.

-¡Nadie se mueva!-, y le quitó las manos del rostro al muchacho. La herida se veía limpia. Al parecer no había causado ningún daño, aunque el dolor era evidente. El hierro estaba al rojo vivo y había causado quemaduras.

-Este es el mejor sitio para quedarse-, le dijo al constatar que nada grave había pasado. -Pero si quieres salir e ir a un hospital, hazlo en este momento-

El muchacho, con cara de terror, no supo qué responder. Después de un rato decidió quedarse e ir luego a un hospital.

La ceremonia continuó, y al concluir acompañé al muchacho hasta el hospital más cercano. Entramos por la sala de emergencias y dos médicos se hicieron cargo del caso. Le realizaron los estudios correspondientes y se reunieron a analizar la situación. Transcurrida una hora, uno de ellos vino hasta mí y me preguntó:
-¿Usted es pariente del muchacho?-
-Soy un amigo-, respondí.

-Quisiera saber, ¿cómo se hizo esta herida en el ojo?-
-¿Por qué?-, pregunté con suspicacia.
-Porque es increíble. Pareciera que la herida la hubiera hecho un cirujano. La punta que entró no causó ni un solo rasguño por dentro. No quemó ni comprometió ningún músculo del ojo y lo más extraño es que es tan profunda, que no me lo creo. Su amigo no tiene nada, solamente la perforación, que además, está cauterizada. Es un milagro-

-Pues, en ese caso, le puedo contar la verdad-, le dije.
-¿Cuál es la verdad?-, me preguntó.
-Esa herida la hizo un cirujano. El mejor que yo conozco-

El Salinfante

El anciano había salido río abajo para llegar al pueblo de Tumaco, en territorio colombiano. Él pertenecía a un pueblo indígena que vive en un hermoso territorio, a la rivera del Río Santiago en la selva del Chocó, cerca del Pacífico. Se les conoce como los Chachi y su manera de usar la medicina del Pindé es reconocida en todo el Ecuador y el sur de Colombia.

El anciano era el más viejo de todos los curanderos de su comunidad. Por ser tan bueno curando, algunas veces era requerido en muchos de los pueblitos y asentamientos del área costera. Ésta era una de esas ocasiones.

Había salido y no regresaba. Su familia le esperaba hacía tres días. Todos los que lo conocían sabían que no era hombre de quedarse por ahí sin sentido, así que en vez de preocuparse se sentaron a esperarle con alegría, pues seguramente traería noticias. Y así fue.

Al llegar saltó de su canoa, y jadeante dijo gritando que una gran aventura había vivido para el beneficio de toda la comunidad. Se había encontrado con el espíritu más poderoso del planeta y le había arrancado un pelo. Todos los problemas que hasta el día de hoy no había podido solucionar, iban a estar resueltos, dijo emocionado como niño. El encuentro había sido tan fantástico que hasta le había hecho una canción. Entonces se puso a cantarla.

Yo vengo, yo vengo
De la plaza de Tumaco vengo yo
Samalaya poquito en la esquinita un Salinfante
Yo vengo, yo vengo
De la parte Barrio Loza borborondeando
Vengo de curar
Samalaya poquito en la esquinita un Salinfante
Cerro cerra
Mi Salinfante viene
Madrugada, madrugada, cantando ya me voy
Tierra lejos, cantando ya me voy

Al no entender todo lo que hablaba, su familia le pidió que contara con detalles qué era lo que exactamente le había pasado. Entonces conocimos esta historia:

El abuelo había salido a curar a una persona en el pueblito colombiano. Al acabar la sesión, decidió regresar en la madrugada. Tenía que atravesar el barrio y llegar a la plaza principal del pueblo. Al llegar a la esquina que daba a la plaza, tuvo una visión, con las primeras luces del amanecer.

Al principio creyó que era una visión que le regalaba la medicina, pero luego se dio cuenta de que no era así. Estaba frente al animal más poderoso de la tierra.

Era gigante, nunca había conocido nada así. Tenía orejas como gigantes hojas de plátano y una anaconda en la mitad de la cara. Era tan grande como una montaña y tenía la fuerza de una ballena. Parecía que tenía miles de años, su piel arrugada no mentía. Además era inteligente y amoroso. Sin lugar a dudas el espectáculo más maravilloso que hombre alguno pudiera haber vivido.

Entonces se puso a hablar con él y a pedir le que le ayudara a curar a su gente. El anciano le contó que desde que se refinaba petróleo en el puerto y desde que el turismo se incrementó en las playas, las enfermedades que aparecían eran cada vez más difíciles de curar, además de la violencia que apareció entre los jóvenes, que ahora bebían más alcohol que Pindé.

Él le pedía que le permitiera tomar algo de su poder, para curar. Le pedía, también, que le diera permiso para invocarlo cada vez que estuviera cantando.

El poderoso animal le habló, concediéndole esos favores. Tenía que esperar hasta la noche. “Con la oscuridad los cuidadores del circo se duermen”, le dijo, y era ese el momento de acercarse a su jaula para arrancar le un pelo.

El abuelo esperó hasta la siguiente noche y, a escondidas sin que nadie lo viera, le ofrendó tabaco y medicina al poderoso ser. Luego le arrancó un pelo, y lleno de felicidad decidió regresar a su comunidad a comunicar la buena nueva.

Antes de subirse a la canoa que le llevaría río arriba hasta su casa, preguntó a un policía que estaba vigilando el puerto:

“¿Cómo le dicen los blancos a ese poderoso ser?”

-“Salinfante” me contestó-, aseveró el anciano ante su atónito público.

Los ángeles

Un señor que se decía especialista en ángeles, había ido a visitar a una amiga que se dedica a leer el Tarot. Ella le comentó que nosotros teníamos ceremonias donde uno puede recibir revelaciones.

Este hombre quería ver y hablar con los ángeles, pues tenía algunas preguntitas que quería que le contestaran. Así que una mañana me llamó y se presentó.

-A mí me interesa este asunto de los ángeles. Yo soy experto en ellos, pero nunca los he podido ver. A veces, cuando medito y tengo visualizaciones, los percibo, pero no con el detalle que quiero. Tampoco me responden con la claridad que necesito. ¿Ustedes me pueden ayudar?-, preguntó.

Acostumbrado como estoy a personas que traen los más singulares propósitos, le dije que él podía asistir a una ceremonia y pedirle directamente a la medicina que le permitiera entender todo lo que quisiera entender y mirar lo que necesitara mirar.

Entonces, este personaje vino a la ceremonia en la casa de mi padre. Mis mayores escucharon pacientemente su petición y mi padre le ratificó lo que yo le había dicho.

La ceremonia empezó y tomamos medicina. El experto se puso en posición de meditación y así se quedó hasta el amanecer. Casi al terminar, hicimos una pausa para que la gente pudiera ir al baño y para que se preparasen los alimentos que compartiríamos. En este momento el experto se acercó hasta nosotros y dijo:
-Ha sido una experiencia increíble. La medicina me ha mostrado tantas cosas, pero no he podido ver ángeles. Sólo hermosas águilas que me llevaron a volar y me hablaron-

Mi padre le quedó mirando y le dijo.
-Esos son nuestros ángeles. Nuestro pueblo nunca perdió contacto con los seres alados que puso el creador para nuestro cuidado y amparo. La verdad es que si te das cuenta, los pájaros son seres alados de dos piernas, que siempre están para alegrar y hasta para alimentar nuestra vida. Construyen nidos en círculo como nosotros hacemos nuestros templos. Tenemos la misma religión y un parentesco muy cercano. La diferencia es que nosotros no hemos perdido la capacidad de verlos así y tampoco hemos tenido la vanidad de creer que todo lo sagrado tiene forma humana. Nosotros rezamos por el respeto a la vida y la diversidad. No veneramos al hombre como el centro de la creación. Siéntete feliz, tú has visto muchos ángeles-

El hombre se quedó estupefacto. Me regresó a ver y comentó.
-Acabo de tener la revelación que necesitaba. Fui un tonto. Siempre he estado rodeado de ángeles. Todo el tiempo los he visto y nunca los he tomado en cuenta. Y lo peor de todo es que me creía experto en ellos-

Mientras este hombre tenía su revelación, mi pequeño hijo escuchaba la conversación. Con la inocencia de un niño me preguntó:

-¿Los niños somos ángeles?-
-Claro que sí-, le respondí, y mirando al experto le comenté.
-Ríndete, estamos rodeados-

El maestro

Un famoso Yogui conoció a nuestro Jefe en uno de los tantos encuentros a los que le han invitado. Se mostró muy interesado en las ceremonias que realizábamos, especialmente en la de la cabaña de sudar.

-Me gustaría ir con mis alumnos-, dijo.
-Va a ser un honor-, le contestó el Jefe.
A la semana siguiente teníamos un grupo de veinte saludables muchachos, templados bajo el rigor de la práctica del Yoga.

Al entrar a la cabaña, su maestro les dijo:
-Debemos demostrar fortaleza de cuerpo y de espíritu.

El Jefe, confiado en lo que parecía un buen grupo de guerreros, decidió hacer una ceremonia fuerte.

A la pequeña cabaña ingresaron cincuenta y dos piedras al rojo vivo. El calor era insoportable. Al cerrar la puerta y comenzar a poner agua sobre ellas, la temperatura subió tanto que creímos que se nos iba a derretir la piel.

Al acabar, el Jefe pidió que abrieran la puerta. Cuando entró la luz vimos cómo todos los muchachos, obedientes a su maestro, no habían bajado ni siquiera la cabeza al piso. Solamente había uno desplomado y despatarrado por los suelos.

Cuando el vapor salió y la visibilidad se terminó de aclarar, nos percatamos de que era el maestro yogui quien, al no soportar el calor, se desmayó por los suelos.

Ante el asombro de todos sus alumnos, el hombre levantó la cabeza despeinada y exclamó:

-Lo siento, no soy Faquir.

Historias de Chamanes, de Santiago Andrade León. Puedes comprar el libro aquí.

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Santiago Andrade León

Santiago Andrade León

Hombre de medicina.

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Sumak Kawsay

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