Aya Uma, simbología del espíritu contrario

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En la región andina este mes es particularmente festivo. El solsticio de verano, marca para el mundo andino, el comienzo del año y la plenitud de un ciclo que muere y se renueva.

Para nosotros, el Inti Raymi o fiesta del Sol, es un espacio de reunión y celebración con la comunidad, y con el Espíritu en todas sus formas. Este tiempo nos invita a ser conscientes de nuestra relación con el Cosmos, permite que nos miremos profundamente y nos propone plantearnos, no solo preguntas, sino acciones que incentiven las respuestas que queremos.

Las comunidades afincadas en las faldas del volcán sagrado Taita Imbabura[i], en el Ecuador, son conscientes de ello. Dentro de sus formas rituales milenarias, la existencia de la sagrada dualidad (entendida desde occidente como masculino/femenino y desde el andino como horizontal/vertical), aflora en cada una de las ceremonias y estas son una posibilidad para crecer como seres humanos.

Un antecedente importante: el norte del Ecuador, tenía una cultura diferente al Incario. La confederación Karanki-Imabaya[ii], pueblos milenarios con culturas e idiomas propios, estuvo sometida al imperio Inca solamente desde 1490; conquista marcada con la violencia de los unos y la resistencia de los otros. La historia de la laguna Yawarkocha[iii] (1520), es un claro ejemplo de ello. Los Incas sometieron a los Kurakas de la confederación de maneras atroces. El último Kuraka rebelde, Pinto, general Karanki, fue desollado vivo frente a su pueblo, con su piel, los generales victoriosos del imperio Inca, hicieron un tambor. Y al sitio donde nació lo denominaron Jatuntaki (Atuntaqui), el gran tambor. Así, el Sapa Inca, pretendía infundir el miedo que necesitaba.

En 1534, llegaron los españoles a Quito y sus alrededores, donde ahora está la ciudad de Ibarra, se encontraba el antiguo asentamiento y fortaleza Karanki, cuna del hijo del inca Huayna Capac y kuraka del norte del imperio, el gran Atahualpa a quien acababan de asesinar. La Santa Inquisición hizo lo suyo, volvió otra vez contra sus pobladores y pretendió  extirpar una vez más las formas culturales y la tradición. Las sagradas fiestas al Sol, una herencia Inca, fueron motivo de persecución durante la colonia. El nuevo orden llegado de Europa impuso su creencia y eliminó de manera indolente y violenta, a sangre y hierro, la cultura autóctona con tanta efectividad, que por ejemplo, en Ecuador se olvidó el uso sagrado de la hoja de coca en los pueblos nativos. No se diga, las expresiones culturales preincaicas, sus idiomas y sus creencias. Acuérdese, que los incas mataron a todos los hombres de esos pueblos al conquistarlos, tanto así, que a estos pueblos del norte, Otavalo, Cayambe, Ibarra, Guachalá, Cochasquí y Aloburo, se les conocía como Wambracuna, literalmente “nuestros muchachos”, dando a entender que eran tribus de niños.

En este contexto debemos asumir el carácter rebelde de la región, dominada desde hace más de 600 años, por culturas extrañas que pretendieron eliminar de la faz de la tierra su expresión cultural. Entre la bruma de toda esta triste historia, aparecen luces que nos hablan del poder que tiene la tradición. Un poder, que se cuela por entre los dedos de los violentos. La necesidad que tiene el conquistador, cualquiera que este sea, de negar el derecho natural de los pueblos originarios y sus formas de vida, se convierte en la fuerza que nos impulsa a redescubrirnos, a mirarnos para reconocer en nuestro pasado la fuerza de una estirpe milenaria, mucho más antigua de lo que nos imaginamos.

Una de estas luces es la presencia de ciertos actores, que mutan con los nuevos tiempos, representan y son, la presencia misma del conocimiento antiguo, de las formas culturas milenarias y de la expresión nata de todo sitio. Nuestro mentor Taita Manuel Flores, Kuraka y Yachay de la comunidad de Morochos en las faldas del cerro Mamá Cotacachi[iv], decía:

– Nosotros, aquí hemos estado siempre resistiendo. Primero fue el inca y luego el español. Luego los gobiernos que en el pasado prohibieron nuestras prácticas, igual que los otros. Y esa resistencia nos ha hecho fuertes porque tenemos seres que no mueren, porque no están vivos, porque son el espíritu y danzan desde siempre con nosotros.

Así hablaba nuestro abuelo con respecto al Aya Uma. Manuel murió ya hace muchos años. Pero sus palabras resuenan en mi cabeza aún con la fuerza de su recuerdo. En nuestra juventud, fue él quien nos acogió, nos enseñó y adoptó. Nos compartió su herencia, su altar y su canto. Nos permitió danzar al Sol y a las estrellas juntos en la comunidad.

Las noches del 21, 22 y 23 de junio, íbamos a la sagrada cascada de Peguche a bañarnos ritualmente para purificar nuestra energía, para sentir la fuerza del espíritu del agua, y así, poder encarnar el espíritu de nuestros antepasados, al vestir los trajes ceremoniales de danza. Para nuestros ancianos el traje que se usa en las danzas no es un disfraz, es toda una ceremonia de empoderamiento, donde el espíritu emerge de las profundidades y se manifiesta en nuestro mundo: el Kay Pacha[v].

Los Kurakas locales, uno a uno se presentaban con sus familias y comunidades. Celebrábamos el ritual de purificación. Lo hacíamos en la intimidad, sin fotos, sin turistas, como se hacía antes. En concentración e introspección, entrábamos tratando de tener la mente en blanco para recibir la pureza y la fuerza que necesitábamos para danzar. La danza debía ser buena, solo así contentábamos a la muerte, atraíamos a la suerte y los antepasados nos permitirían un año más de buena vida.

Los trajes de danza se quedaban al filo de la quebrada al igual que los instrumentos musicales listos para la danza. Mientras celebrábamos el baño ceremonial, el espíritu mismo de nuestros antepasados venía y nos bendecía. Todo se transformaba mágicamente en sagrado y la protección de nuestro pueblo estaba encima de nuestra parafernalia.

Mojados aún nos vestíamos, los músicos sabían que sus rezos y la ofrenda a la cascada, habían sido escuchados y recibidos, sus instrumentos nunca desafinarían, ni su canto se acabaría. Los que íbamos a danzar, estaría nuestra energía a tope durante los días venideros, podríamos danzar noches enteras sin descanso y no habría accidentes. Los Kurakas entonces levantaban sus botellas de alcohol y soplaban a las montañas pidiendo protección para el grupo y la música comenzaba.

Pero entre todos los danzantes sobresalía uno. El mayor -le decíamos-, el viejo, el diablo, aunque la palabra diablo no sea exactamente lo que le describe, pero era popular, la más popular. La acepción diablo o demonio es un concepto cristiano; para nuestros pueblos, los seres que vienen del inframundo, Uku Pacha[vi], son los seres que te permiten ver la profundidad, no la maldad. Esos seres emergen de la Tierra y vuelven a alinear la energía de la comunidad, no solo con la Tierra sino con el cosmos. Por eso es tan importante la concentración y el trabajo consciente en equipo.

El traje del Aya Uma, es la historia misma de nuestros pueblos. Su máscara de dos caras, una azul (Jawa Pacha[vii]) y la otra roja (Uku Pacha), habla del principio mismo que rige a todo el mundo indígena, no solo al andino. Habla de las fuerzas que se encuentran, de las energías que se complementan, de lo masculino y de lo femenino, del pasado y del futuro, noche y día; en fin, de la sagrada dualidad, que por cierto no es el bien y el mal. La antítesis significa un potencial y donde hay un potencial hay posibilidad de un desarrollo y de un acontecimiento, porque la tensión de las fuerzas opuestas tiende a equilibrar el universo entero.

Tiene ojos adelante y atrás, porque está atento a todo, nada se le escapa, sabe de dónde viene, mira su pasado para aprender, pero al mismo tiempo mira el futuro y sabe a dónde ir. Sus cuatro orejas o narices dependiendo de dónde lo mire, dice de su atención a las cuatro direcciones. Los cuatro vientos que traen la palabra de los antepasados, y que al confluir hacen el espacio.

Su dos bocas, siempre parlantes, con la legua afuera, hablan de la palabra que viene desde el principio del tiempo y su paso por nosotros como parte de esa cadena interminable por donde la tradición oral atraviesa y llega al futuro, convirtiéndonos en el presente, el eslabón y la capacidad de realización. Son lo que se dijo y lo que se seguirá diciendo, porque todo dicho está. Pero sobre todo habla del cuidado de nuestras palabras.

Nuestras palabras son una flecha que hace un círculo, salen de nuestra boca y dan la vuelta al universo y nos vuelven a encontrar un día. Para nuestras culturas si no cumplimos lo que decimos, si no seguimos a nuestra palabra, esta nos golpeará por la espalda. El Aya Uma tiene la posibilidad no solo de hablar hacia adelante sino hacia atrás, revertir el pasado y así cambiar el futuro. Por eso el cuidado de lo que se dice cuando se viste como él.

Su corona, antes conformada por trece serpientes, es un calendario agrícola lunar. Son trece las lunaciones que suceden en cada año solar y cada lunación nos permite saber exactamente los tiempos de cosecha, cuidado y siembra de la tierra. Estas serpientes tienen todos los colores del arcoíris y forman uno. Las máscaras contemporáneas llevan doce serpientes, no solo debido al prejuicio del número trece por la superstición importada, sino al acomodadizo calendario actual que divide el año solar en doce meses en vez de trece como debería si se tomara en cuenta el verdadero concepto astronómico de mes.

Esta máscara es la cabeza del espíritu, del muerto. Aya en kiwcha[viii] significa espíritu o antepasado. El Aya Uma significa cabeza de espíritu o el espíritu que está a la cabeza, es el que habla con los antepasados porque es uno de ellos, el más viejo, el que sabe cómo ascender y encarnarse otra vez para disfrutar de la vida. Es la suerte y la abundancia, y nuestra capacidad de observarnos.

Las diversas pañoletas que se pone a la espalda, su camisa de colores y el zamarro de montar encima de los pantalones, es un remedo histriónico de la vestimenta del capataz criollo que en la colonia los sometía como esclavos. Su traje ahora no solo es la sabiduría del pasado, es también la rebeldía ante la esclavitud. Así se ridiculizaba al español. Este fenómeno está muy presente en muchas culturas nativas. En Centroamérica la ridiculización del español colonizador y de los criollos aliados a él, también está presente en las danzas como expresiones de resistencia.

En su mano el látigo que se levanta y bate llamando al trueno, la lluvia y la fertilidad cuando golpea en la Tierra, el mismo látigo con el que se arreaba al ganado o a los indios esclavos. El Aya Uma grita y anima en un falsete chirriante, como si danzar fuera lo último que vamos a hacer, como si nuestra vida dependiera de nuestro movimiento en la danza. Y tal vez, así sea; vaya creencia tan ajustada a la verdad y a la realidad. Aya Uma muchas veces grita cosas tan absurdas como: “trabaja”, a los danzantes de su comunidad o grupo, así como seguramente les gritaban a nuestros antepasados sus ultrajantes amos. Grito que ahora divierte, que sana la herida abierta, que permite pasar la página hacia un nuevo y mejor tiempo. Su supuesta actitud agresiva pasa por ridícula como un clown antípoda y lo convierte en esa suerte de payaso sagrado, de bufón capaz de convertirse en el espejo de todos los miedos, que valientemente levanta de nuevo a su gente para que se enfoque en lo esencial: honrar a la Pachamama en este tiempo sagrado cuando el Sol está naciendo otra vez.

También tiene otros gritos de guerra nuestro clásico y natural jefe de las danzas del Sol, grita: “sinchi”, alentando a su pueblo a seguir adelante con fuerza a pesar de toda la dificultad, grita “jatari”, para que su gente no se olvide que caminando se construye el futuro. Y se ríe de todo, de sí mismo, así como los antepasados que seguramente riéndose de nosotros, viéndonos con ese miedo a la muerte, a la vida, a la libertad, al amor, al diablo, a todo. Y lo más curioso quizás para los neófitos en la espiritualidad indígena: baila por la noche en la danza que se honra a la energía del día, como corresponde a un espíritu contrario, que hace las cosas al revés, que viene de tiempos remotos donde el orden era otro, antes de que el abuelo Fuego se encendiera, antes, mucho antes en el tiempo.

Podríamos decir de él lo mismo que Jung dijo de la Aurelia Occulta. Es el dragón impregnado de veneno, que es omnipresente y al que todos pueden acceder. Su fuerza puede destruirlo todo. Por ello quien lo encarne necesita separar con arte lo burdo de lo fino, si no quiere conocer la pobreza extrema. Quien lo invoque bien, quien lo encarne en las danzas de su pueblo, en la vida de su familia, tendrá la fuerza de lo masculino y de lo femenino, del cielo y de la tierra.

Carl Jung decía: “Soy llamado Mercurio por los filósofos; mi consorte es el Oro (filosofal), soy el viejo dragón, que se encuentra por doquiera en el globo terrestre, padre y madre, joven y anciano, muy fuerte y muy débil, muerte y resurrección, visible e invisible, duro y blando; bajo a la tierra y subo al cielo, soy lo superior y lo inferior, lo más ligero y lo más pesado (…)”[ix]

Y aunque es tan cierto que el espíritu se manifiesta en las acciones benéficas y en las malignas, depende de nuestra conciencia permitirle ser en nosotros la nutrición o la decadencia. En estos tiempos donde la devoción a la inconsciencia es la nueva religión, incluso de los que están liderando a la gente en el mundo, el Aya Uma es la resistencia de la sabiduría ante tanta enferma ignorancia.

¿Por qué un espíritu del inframundo viene a visitarnos? Quizás, porque la razón ha fallado y precisamente todo lo que pretendemos evitar sucede con más frecuencia. En vez de liberar de una vez por todas al mundo de la servil práctica de la superstición, seguimos alimentando ideas que demonizan a las fuerzas de la naturaleza. En vez de conseguir liberar al ser humano de sus ataduras mentales y de sus demonios, insistimos en satanizar lo femenino, lo lunar, lo animal, lo oscuro, lo diferente. En vez de reírnos y aligerar la carga de la existencia, preferimos escribir y educar a nuestros jóvenes con ejemplos de su aspecto bárbaro, en vez de buscar medios para exorcizarlo y permitir que su vida sea una buena vida, como manda la tradición.

El Aya Uma cada año, en estas fechas revive entre nuestro pueblo para conminarnos a que salgamos de nuestra inconsciencia y nuestra locura, y veamos con claridad lo que necesitamos como humanidad para estar mejor. Al danzar libera, ordena y sana las heridas que como humanidad nos hemos causado y nos redime de nuestro mayor “pecado”: la inconsciencia para mejorar nuestras relaciones, para volver a sembrar la cultura, esa que habla del buen pensamiento, del buen sentimiento y de la buena acción. El Sumak Kawsay[x] de nuestros abuelos, donde el espíritu, ni bueno ni malo, tiene camino en su infinito poder dentro de nosotros y no es una justificación para tanta ignorancia y maldad en nuestro entorno.


[i] Montaña, cerro Taita Imbabura, ubicado al norte del Ecuador con una altura de 4.600mts, considerado por los pueblos nativos de la región como el padre o el “Taita” de todos.

[ii] Karanki, Caranquis o Caras, nombre con que se conoce a una antigua cultura que habitó la sierra norte del actual Ecuador.

[iii] La batalla de Yawarkocha o Yahuarcocha, fue según los historiadores, el último enfrentamiento militar librado entre las fuerzas del incario y los rebeldes Karankis.

[iv] Volcán Cotacachi, ubicado en el norte del Ecuador, 4939mts, considerado por los pueblos originarios de la región como la madre de todos. Pareja mítica del Taita Imbabura.

[v] Mundo terrenal, donde los seres humanos habitamos.

[vi] Mundo de abajo o inframundo, donde están los antepasados.

[vii] Mundo de arriba o celestial, donde habita el sol, las estrellas y los dadores de la vida.

[viii] Dialecto producto de la mezcla del Quechua peruano con los idiomas nativos preincaicos de los pueblos originarios en el Ecuador.

[ix] Carl Jung, Simbología del espíritu.

[x] Paradigma epistemológico de los pueblos andinos. Cosmovisión andina.

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Santiago Andrade León

Santiago Andrade León

Hombre de medicina.

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Sumak Kawsay

El camino que heredamos, del que se ha escrito poco, pero se practica hasta el día de hoy en nuestros pueblos indígenas y mestizos de América del Sur, es un sinnúmero de prácticas espirituales que nos llevan a conocernos, a encontrar la armonía entre la comunidad, la naturaleza y el cosmos; pensando bien, sintiendo bien y obrando bien.

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