La incertidumbre consciente

Kurakas Portada

“Nadie sabe lo que va a pasar, en el siguiente segundo morirán miles de personas, nacerán miles o quizá más, unos se atraerán y otros se alejarán; la incertidumbre es la materia del Gran Espíritu y está presente todo el tiempo, es bastante natural. La única certeza es que todos vamos a morir y es bueno recordarlo para estar en paz en vida y no esperar para estar en paz recién de muertos”, así recuerdo las palabras de un abuelo en el Imbabura de quien aprendí el oficio de curandero cuando joven. “La paz para nuestros pueblos, es nuestra sagrada profecía”, decía. En ese tiempo estaba seguro de que ese día llegaría pronto. Se suponía que todos reconoceríamos la llegada del Pachakutik. Señales claras, inequívocas donde todos volverían a mirar a la madre tierra como nuestra familia. “Quizá nuestra atención la tenemos puesta dónde no es, por ignorancia, pero llegará el día donde nadie podrá decir que no sabía que destruir la naturaleza era condenar a muchas familias a penurias y a poner en riesgo la vida del ser humano”. Esta mañana lo recordé, mientras pasaban las nubes sobre los tejados de Zagreb en Croacia y veía hacia la calle como ya nadie usa mascarilla y el covid pareciera solo un fantasma olvidado.

Llegamos a este país hace poco y es nuestro momentáneo último destino. Nuestro viaje comenzó hace siete meses cuando llegamos a Nueva York a cumplir con una beca artística. Partimos de luto porque mi padre Nelson había muerto el 31 de diciembre y su partida envolvió mis pensamientos y mis sentimientos durante meses. La muerte siempre es un misterio y la vida también, la incertidumbre de lo que sucederá siempre ha estado al lado y nada está completamente seguro. Toda la vida silvestre lo sabe y cuida su espacio con inteligencia, atención y trabajo. Nosotros, no. No somos conscientes de nuestra propia basura, menos aún del pensamiento, del sentimiento, del impacto que generamos con nuestra presencia. No lo queremos ver, porque la responsabilidad en nuestros actos exige atención y trabajo diario; disciplina y visión para ser expertos en el reciclaje de nuestra propia energía. Pero hay tiempos proféticos como estos, en donde esa incertidumbre se hace más consciente porque nos topa a todos, y no hay manera de negarla. Este virus invisible a los ojos, como la energía que viaja en nuestra palabra a todo el universo, nos pone en la atención a todo lo que significa energía. De eso estamos hechos todos, es nuestro cuerpo, pensamiento, sentimiento, nuestra vida y nuestra memoria.

“Llegará el día en que las ciudades se callen”, decíamos cuando éramos muy jóvenes, “para escuchar a nuestra naturaleza, para darnos el tiempo de escucharnos a nosotros mismos”, lo repetíamos como un augurio del día del inicio de la profecía que queríamos vivir. Nueva York hizo cuarentena y se calló. En silencio nos quedamos en casa. Aprendimos, como todos, a cuidarnos de otra manera, sin tocar a nadie, tomando atención de todo y madrugando, como nunca, para evitar aglomeraciones; tratando de hablar menos con extraños, aprendiendo nuevamente a cambiar hábitos y acompañar a la familia estando lejos. Aprendiendo de adultos a cambiar, a buscar nuevas certezas que nos permitan cuidarnos mejor; mirar más allá de nosotros, dejar de ser tan egoístas y limitados, ciegos a la responsabilidad que todo acto genera y a su consecuencia, como respuesta al equilibrio que dicta la suprema ley de nuestra naturaleza: la reciprocidad. Ella es el gran sistema de salud que sostiene todo y no sólo a la humanidad sino a lo diferente de nosotros, aquello que nuestros ancestros llamaban familia, todo lo que habita en esta esfera inmensa, en el sagrado vientre de este gran ser que es el planeta. Porque nuestros antepasados no se miraban solo en lo humano, se reconocían en toda la naturaleza, eso hemos olvidado. Pensar que nos creemos la cúspide de la evolución, es algo irónico, a veces creo que poco inteligente, porque nos impide ver que es más saludable reconocer lo que nos junta que lo que nos diferencia. Quizá sea bueno agradecer los cambios, aceptarlos con valentía al menos, y a esta emergencia que nos ha puesto en acción para mirar nuestra forma de vida.

Salimos de la ciudad, el último día que se podía y llegamos a una zona rural del norte de California, el 12 de marzo. Bosque, belleza, agricultura e inspiración, así podría describir el tiempo en la cuarta economía mundial, donde la vida del agricultor y ese gran amor por estar cerca al abuelo volcán, me evocaba a nuestra comunidad al pie del Imbabura. La gran montaña Shasta, lugar sagrado para todas las tribus de alrededor, me recordaba nuestros volcanes. Me sentí con suerte, respirando aire amigable. “Nuestra vida es una montaña” decía mi padrino. Cada uno somos una porción de tierra que decidió ponerse de pie. Por eso vamos a la montaña a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestros antepasados. Por eso fuimos a la montaña y a la laguna a dejar ofrendas a nuestros antepasados y pedir por la memoria de nuestros muertos, por la salud de los vivos y por el cuidado de nuestros ancianos y enfermos. Así y a la distancia nos despedimos de Anita mi hermana que falleció el 28 de marzo y de mi compañero de colegio Marcelo que falleció también, así como de mi padre. El luto era grande porque también nos dolía el país, el mundo entero. Como a todos, nos ha tocado vivir este luto sin abrazar a nuestros familiares, no pudimos enterrarlos ni acompañarlos. Menos mal nos podemos encontrar siempre con todos cuando vamos a la montaña, a la laguna o a la cascada a agradecer por la vida y a pedir fortaleza. Los pueblos indígenas de las praderas en Norteamérica dicen que el luto es un tiempo sagrado en la vida de todos, en donde el espíritu nos llena de sagradas lágrimas que nos recuerdan el dolor visceral de la ausencia. Cuando se llora, estas purifican todo lo que topan, caen adelante aclarando el camino de la vida, para no sentirnos solos nunca más, para no temerle al final. Dicen también que el Gran Espíritu tiene muchos nombres, uno de ellos es: Nosotros. Su lenguaje no tiene la palabra: ‘yo’, porque nadie está solo ni se hizo solo, porque para reconocernos hay que reconocer lo que nos rodea como nuestro parecido, nuestro pariente. Porque para el Gran Espíritu todos somos importantes, todo es importante y la vida es plena cuando podemos entender esta relación. Eso también lo dice el mundo andino, cuando habla de la reciprocidad con todo lo que existe en nuestro mundo, en el de arriba y en el de abajo también.

Vivir en medio de la naturaleza fue un lujo en tiempo de pandemia. La vida en el campo nos permitió tornar otra vez la atención a la simpleza de las cosas. Sin duda eso fue lo que nuestra vida necesitaba para sentirnos mejor. Eso y volver a prestar atención a nuestro cuerpo, al orden en nuestro entorno, a nuestros hábitos de limpieza de nuestra casa, a la información que consumimos y la energía usamos en este tiempo. Uno de mis maestros decía que la seguridad era una ilusión, que lo único que nos hace seguros de nosotros mismos es primero ponernos en paz con nuestro origen. A eso le llamaba: sombra del pasado. “Hay que tener buena sombra” decía, para que te cobije la coherencia de tus actos, para que tu vida sea el testimonio de lo que dices y el honor vuelva a ser parte de nuestros valores. Reconocer nuestro origen común nos construye y construye tradiciones, educa y permite la cultura. Cuando negamos nuestro pasado nuestras certezas son ficticias y nos acostumbramos a ellas, a lo que creemos saber y a lo que llamamos “confort”. Somos más débiles e inmaduros, faltos de herramientas para enfrentar las dificultades, y nos negamos a cambiar, incluso cuando es vital hacerlo. ¿Y cuándo es vital hacerlo? Cuando nuestros hábitos dañan a los demás. Pero mientras la crisis no nos tope o tope lo que amamos, no nos importa el otro. Este tiempo exige que esto cambie, que ese pasado de injusticia muera y que estemos en paz con nuestro origen, para recuperar nuestra memoria y saber que somos los hijos de esta tierra; ella nos cuida y nos alimenta, y se merece de nosotros lo mismo.

Grandes enseñanzas de este tiempo que me recuerdan los principios del Sumak Kawsay que marcan el camino al vivir en plenitud, pensando bien, sintiendo bien y obrando bien. El encontrar el propósito de nuestra vida y reconocerlo en el propósito de nuestra comunidad, el encontrar la medicina en nuestras relaciones, el respeto a toda forma de vida y el reconocimiento de la naturaleza como nuestra familia, cobran más vigencia que nunca en este momento donde se mira la falta de amor, de respeto y de valores que deberíamos tener y no tenemos. Aprender mejores maneras de llevar nuestra ira, nuestra tristeza, nuestra agresión; regresar a mirar nuestra naturaleza, volver al núcleo y al principio, al respeto por todos. Y otra vez la voz del abuelo en mi cabeza diciéndome que las profecías no son como las imaginamos. Son más sencillas de lo que pretendemos, construidas por gente simple y normal, que sabrán que el tiempo ya no es el mismo, y simplemente cambiarán para bien. Nuestro origen y nuestro futuro se condensan en este presente con tanta fuerza que parecería ese, el llamado de atención de esta pandemia. Para, quizá volver a la sencillez, a la conciencia en el consumo y en el uso de nuestra energía y recursos; dejar tal vez de una vez por todas nuestros excesos y cuidarnos más. El misterio de la vida se manifiesta con cambios profundos para todos.

El poder del presente es reconocer el lugar donde estamos y hacer de ese espacio lo mejor para nosotros, eso también es el Pachakutik: la unidad del tiempo pasado y futuro en el presente, la conciencia del cambio y el retorno a la armonía. Es el momento cuando las fuerzas negativas son tan grandes que ya no pueden crecer rápido. Es el momento cuando las fuerzas positivas comienzan a crecer más rápido que antes y todo se equilibra otra vez. Es el círculo de la medicina y el concepto de equilibrio en símbolos como la Chakana andina. Es la antítesis, que planteada, es la semilla de la tensión justa que creará armonía otra vez. Quizá no sea como lo imaginábamos, ni como lo estábamos esperando, quizá las profecías no sean así, quién sabe… “Ojalá sea así”, pensaba el día que salimos de Estados Unidos, hacia Europa. Tuvimos 20 horas de viaje, hicimos dos escalas, pasamos por tres aeropuertos todos vacíos, pero ni un solo agente de migración nos entrevistó ni al salir de Estados Unidos, ni al entrar en Europa. ‘Mundo sin fronteras’, pensé. Llegamos a Croacia y no nos pidieron cuarentena. Ese día, parecía uno más, como todos, pero no lo fue.

Recordaba el último cuadro que pinté y que no logré terminar porque no he podido regresar a aquel estudio en New Jersey, fue el retrato de mi padre y un auto retrato a la vez. Ahora mi padre está en el agua, en el fuego, en la tierra y su palabra en el viento. Su voz en mi pensamiento cada vez que hablo o escribo de él. Esa voz que calmaba mi ser, que me daba certezas en mi vida, me dice que este es el tiempo que tanto esperábamos. Ya no más justificaciones, la tierra debe volver a ser el sitio sagrado donde el ser humano pueda vivir a plenitud y encontrar la sabiduría, cuidando su relación con la naturaleza y el cosmos. Puedo reconocer también la voz de mi maestro que murió hace ya largos 8 años, que me dice que la voz de nuestros antepasados nos habla desde el interior y nos aconseja. Hay que hacer silencio para escucharla. A esa voz le decimos esperanza, le decimos la profecía de un nuevo mundo para nuestros hijos, donde el ser humano se vuelva a sentir bien consigo mismo y su familia. Una sociedad donde la enfermedad no nos deje ver la miseria de nuestro abuso, sino la salud y la generosidad que recíprocamente compartimos con todos, como lo hace nuestra madre, la Tierra, con justicia. “Estamos aprendiendo recién a tejer fino”, diría mi Taita en el cielo.

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Santiago Andrade León

Santiago Andrade León

Hombre de medicina.

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